Me la juego

Ana Nodal de Arce


Toda una vida

23/07/2020

El tórrido calor se ha convertido casi en la única nota de normalidad de este maldito verano en Toledo, plagado de días tristes, vacíos, casi desérticos, en los que solo se adivinan los ojos cansados de aquellos que no se resignan ante una existencia robada. En esta tesitura, es normal que la nostalgia nos invada, que nos llegue a inundar con dichosos momentos que no volverán, pero que han dejado una huella eterna.
El 17 y el 18 de julio, en mi barrio, el Poblado, ahí en Vega Baja, se celebraban las verbenas más concurridas y animadas de la provincia. Ahora pienso que incluso de España. Un dulce recuerdo, tal vez distorsionado por la ilusión que nos impulsaba a disfrutar y a ser los más afortunados del mundo, aunque no tuviéramos ni para irnos de veraneo. Por aquel entonces, la Fábrica de Armas daba trabajo a cientos de toledanos, constituía un conjunto inaccesible para los vecinos, y, con los militares al mando, disponía de infraestructuras propias, como economato, capilla, médico y, para mí, lo más importante: el cine de verano, que ha marcado a varias generaciones de toledanos. Allí, bajo la espectacular noche estrellada que da luz a nuestro cielo, veíamos dos veces la misma película, mientras comíamos pipas y escuchábamos, en esos cortes de películas que eran auténticos hachazos, las canciones de Demis Roussos. O de Manolo Escobar. Había quien se traía la silla de casa, porque el cine de la Fábrica era un lugar de encuentro, ese punto donde aliviarnos de un termómetro que daba un respiro a la familia que cenaba y pedía un deseo, muchos, porque las estrellas fugaces eran tantas como nunca he vuelto a ver.
Hace tiempo que ese cine desapareció, la Universidad ocupó el conjunto histórico de la Fábrica de Armas, allí donde mi padre pasó toda su vida, y se auguraba un espléndido yacimiento arqueológico que nunca ha visto la luz por falta de dinero, desidia o intereses políticos. Nuestro mundo ha cambiado tanto que no podemos permitir que nos roben nuestras raíces. El Plan de Vega Baja que anuncia el gobierno municipal no debe tocar esa memoria que forma parte de nuestra esencia. Curiosamente, en el último y cálido encuentro que tuve con mi madre en la residencia, escuchando ‘Toda una vida’ de Antonio Machín, ella mantenía un recuerdo vivo, machacón: su barrio, su casa. Su historia, que es la mía. La nuestra.