BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Nostalgia lunar

Cincuenta años desde que se rompió el hechizo. Fue una noche calurosa, menos que estas de ahora, y sin aire acondicionado. Toda la familia en torno a la mesa camilla. Esperando. Los abuelos con cara de perplejidad y un poco de desconfianza. Y eso que lo habían visto casi todo. En el fondo de nuestra retina, la imagen de Colón pisando la isla de San Salvador, tal y como la vimos una y mil veces en la película de Juan de Orduña. Colón no tenía ni idea del alcance de su gesta. Éstos, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y el pobre Michael Collins, condenado, como Moisés, a ver la Tierra Prometida, pero sin poner el pie en ella, sí tenían constancia de la magnitud de la proeza que estaban haciendo. Se disponían a desvelar el gran misterio. Es posible que hasta tuviera el bueno de Armstrong preparada la frase destinada a inmortalizar su alunizaje: «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Humanidad».
Fue como un sueño colectivo: nos acostumbrábamos a presenciar en directo, gracias a la televisión, los grandes momentos. Espectadores de excepción. Sin embargo, todo quedó, reconozcámoslo, más bien insípido. Como en una película de cine mudo. Aquellos saltitos sobre aquel polvo lunar –que hoy sabemos que huele a pólvora y se llama regolito–, la bandera –no podía faltar–, la norteamericana, claro. (En el fondo se trataba de una carrera con la URSS para ver quién llegaba antes; a ver quién era el más machote, aunque la tecnología procediera de la prodigiosa mente de Von Braun), el leve correteo, la huella para la Historia, la Tierra al fondo haciendo de luna de la luna, pero más grande, bastante más hermosa, por algo se la conoce como el Planeta Azul, veremos por cuánto tiempo; y poco más. Ni rastro de vida, de nada de nada. La gente siempre espera que ocurra algo, lo imprevisto, un ser extraño asomando la jeta desde detrás de una roca, jeta asombrada, claro. Pero no. No hubo nada. De ahí el gesto de decepción o incluso de escepticismo: esto es un montaje, dijo alguien, y la frase se propagó.
Pero sabíamos que no. El hombre, ese ser descendiente del mono, había ascendido, no a las estrellas, desde luego, pero sí a la luna de sus sueños infantiles. Después siguieron los Apolo, pero el sueño se fue diluyendo. Luego vino la Estación Espacial Internacional. Vueltas y más vueltas. Tecnología y más tecnología. Se pensaba sin cesar en Marte: ahí sí. El Planeta Rojo empezaría a dar respuestas, pero entre ir y venir casi dos años. ¡Qué barbaridad! Esto no era como el descubrimiento de América. Aquí nos topábamos nada más empezar con algo prácticamente insuperable, la inmensidad del escenario y nuestra propia pequeñez: si al menos pudiéramos alcanzar un día la velocidad de la luz. De repente se hacía realidad la frase de Pascal: el hombre situado entre lo inmensamente grande y lo inmensamente pequeño. Tal es nuestra tragedia; tal es nuestra grandeza.
Durante estos últimos años, los impresionantes telescopios con los que los grandes astrónomos trabajan, nos hablan sin cesar de planetas tan hermosos como el nuestro, con grandes posibilidades de tener vida, a tantos y tantos años luz. Los vemos, pero algo nos dice que ni siquiera nuestros biznietos los podrán alcanzar. Ahora con el cincuentenario de la llegada del hombre a la Luna, cuando ya sabemos que ésta se arruga y sin cesar se aleja, de tal forma que llegará un día que deje de marcar el ritmo de la Tierra; ahora que vemos, aterrados, cómo estamos destruyendo a marchas forzadas nuestro hábitat, se empieza a hablar de colonizar nuestro humilde satélite, convirtiéndolo así en banco de ensayos para futuras misiones al ‘Planeta Rojo’. Es un rayo de esperanza. Es posible que alguien muy poderoso haya decidido que, en vista de nuestra incapacidad para hacer de nuestro planeta el paraíso en el que la raza humana pudiera ser feliz; ahora que las religiones y sus paraísos perdidos van en declive, lo mejor será macar una nueva quimera al ser humano para no morir asfixiado entre humos y detritus de plástico.