LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Sabia Nochebuena

24/12/2020

Una de las frases que me llevo de este 2020 la encontré en las Memorias que Gregorio Marañón publicó este otoño. Creo que la recoge de unas palabras de su abuelo, cuando le dice que «es preferible la sabiduría por encima de la inteligencia». Me parece una gran enseñanza de vida, sobre la que en los últimos años reflexioné sin llegar a una conclusión tan clara. Y es que hace ya tiempo comprobé que la sabiduría conduce indefectiblemente a la bondad. Sin embargo, al contraponerla a la inteligencia, ante la que se abren múltiples caminos, la duda me asaltaba. Tenemos múltiples casos de personajes de la Historia que han demostrado su inteligencia sobradamente y, en cambio, escogieron el camino de la maldad o el retorcimiento. El rédito que de ello sacaron, suscitó en alguien de carácter eminentemente práctico como yo, la inquietud de qué hacer en determinados dilemas que la vida te plantea. Al fin y al cabo, no somos hermanitas de la Caridad y el mundo está lleno de aprovechados y listillos que buscan cómo rebanarte la tostada. Ante esta tesitura, Marañón me dio la solución definitiva.
La sabiduría por encima de la inteligencia, porque anula cualquier maniobra maléfica. Ya he dicho que el hombre sabio es el que alcanza el conocimiento de que la bondad es el final del camino por el que la ética conduce. La adquisición de enseñanzas o el aprendizaje de las cosas llevan a la comprensión definitiva del hombre. O, al menos, así debiera ser desde un enfoque humanista de la propia ciencia. A lo que voy es que a lo largo de la existencia me he dado cuenta del rédito que el ejercicio de la bondad reportaba en todas las áreas de la vida. La inteligencia puede llevarte en un momento dado a dudar, puesto que parece más conveniente ante determinadas situaciones el rencor, el odio o la venganza. Esto, humanamente comprensible, termina siendo un fardo insoportable del tipo que el Capitán Mendoza, encarnado por Robert de Niro, llevaba en la película La Misión, tratando de redimir sus culpas por la caza de indígenas y trata de esclavos. Recuerdo a Jeremy Irons, en el papel del superior de los jesuitas, impidiendo cortar las cuerdas que se ceñían al cuello del nuevo converso. «Para él no es aún suficiente la pena cumplida, por más que el resto lo consideremos absurdo». El rencor, el remordimiento, la culpa, el tormento son pasajes que deja la inteligencia cuando es usada de forma indebida, por lo que terminan siendo desaconsejables.
Si se dan cuenta del razonamiento, en el fondo, esgrimo una razón fundamentalmente práctica. Hitler, Stalin y otros grandes tiranos fueron inteligentes, sin duda… Pero en el pecado llevaron la penitencia que sus biógrafos cuentan. El hombre sabio, en cambio, determina que, en ocasiones, es preferible aparentar descuido o ignorancia, no soliviantar los principios morales de la vida en virtud de una recompensa inmediata. A la larga, siempre traerá más cuenta el bien que su contrario, por más que la inteligencia pueda dictarnos un camino diferente o más corto.
Hemos llegado a esta Nochebuena del 20 como hemos podido. Otra de las frases que me llevo de este año es la de Marco Aurelio, cuando decía que «si la pandemia te alcanza, que lo haga con quien amas y junto a quien te ama». Este 2020 ha sido el año de la verdad, donde cada uno de nosotros hemos dado nuestra propia medida en la adversidad, como el toro ante el castigo de la vara. Sean sabios e inteligentes y, en caso de duda, lo primero. Den gracias a la vida y celebren la Nochebuena, sobre todo, en lo más hondo y profundo de su corazón.  Feliz Navidad.