Venía muy enojada. En el transporte público una mano insidiosa buscaba su trasero y sin consentimiento alguno la apalpaba. Un exabrupto público descubrió al repugnante macho delante de todos como lo que era, un obseso horrendo. Gritó y dijo ante los demás que la dejase en paz. Hubo suerte y la mirada de otros, algún comentario contra el abusador, hizo que se abochornase. No siempre ocurre así en estos tiempos cobardes, pero deberían al menos azotar con palabras a esas bestias del deseo y frenarles. Mi hermosa hija lloraba cuando me lo contaba; estaba también harta de groserías (nada galantes) que algunos brutos le propinaban por las calles. La noche en su ebriedad o entre estrellas drogadas todavía era peor. 
Habitualmente son los machos, ebrios de testosterona, quienes insidian y abusan de las mujeres y estas, naturalmente, se rebelan. Hubo tiempos en que estaba bien visto que ellas soltaran al menos una bofetada a quien se excedía en sus ataques eróticos, a esto se unían los improperios. Yo muy bien lo sigo viendo: como mínimo, un bofetón. Hubo tiempos no lejanos en que padres, hermanos o amigos podían dar una paliza, bien vista por la mayoría, al que se propasaba. Ahora, las leyes intentan sustituir esas acciones particulares que pueden llevar a excesos y parece más razonable si bien se hace. Pero ni el gobierno que las leyes ha elaborado está contento y entre unos y otros disputan por incoherencias, repeticiones o palabrería vacía, y no solo sobre estas insidias sino sobre abusos mayores, graves.
Ojalá una ley contuviera a esos machos repugnantes y los constriñera para que quietos y discretos quedasen, ya que no saben dominarse. Pero no parece que eso baste y se intenta que la educación sea la clave; no parece mala llave si bien lo hacen y los contenidos están aceptados por el consenso; si no, habrá problemas de nuevo. No es fácil contener a algunos en una sociedad que continuamente promueve el deseo y se centra en el consumo de placeres como si así se sustituyera a la felicidad. Publicidad, cine, erotismo incesante promocionado incluso como evento cultural, en literatura o cine, por ejemplo, hace que quien no tiene fácil el acceso a la satisfacción de Eros rabie y alguno se pase. Ahí habría que actuar también: vivimos entre fuerzas contradictorias. Lo que no está claro es cómo las leyes, aun si están bien pensadas, puedan arreglarlo o complicarlo. Pero algo hay que hacer. Nos siguen vendiendo programas donde la carne humana se vende y lo principal es la apariencia, el deseo, el juego de los cuerpos, y esto no favorece el encuentro entre personas que puedan disfrutarse y amarse. Sin duda, hay que proteger a la mujer de los abusos, pero habría que atacar la raíz de esos excesos.