Querencias

Miguel Ángel Sánchez


¿Y ahora?

29/05/2020

La crisis del coronavirus nos enfrenta de nuevo con los fantasmas recurrentes. Como país y como sociedad. Como país porque aún no hemos madurado, no vemos la luna, nos quedamos en el dedo, y todo es hacer leña, no ya del árbol caído, sino de lo que se ponga por delante. Como sociedad seguimos chocando con las mismas piedras de siempre: la incapacidad para fraguar un país que pueda mantener a todos los que vivimos aquí. He visto y vivido ya varias crisis: la de los setenta, que, aunque me cogió con pocos años, fueron suficientes para darme cuenta de que algo fallaba. La de los noventa, después del derroche de olimpiadas y expos, el erial que quedó. Vi la bonanza de los dos mil, la torre de papel que cualquier viento podía llevarse, partida de trileros en las que siempre pierden los mismos, o sea, nosotros. Recuerdo un día en una obra en la Sagra, en un pueblo pequeño. Miro por la ventana y cientos de adosados a medio hacer, esqueletos de bloques de pisos, todo eso era campo la primavera pasada. Todo eso estaba abandonado la primavera siguiente. Todo se acabó.

Esta crisis nos pilla igual o peor. El cierre de la Nissan en Barcelona, el escaso músculo industrial más allá de dos o tres Comunidades, el troceamiento autonómico que apesebra más que incita al desarrollo, todo deja al descubierto que no hemos hecho bien las cosas, y no sabemos qué queremos ser de más mayores, como país, como sociedad. Me cansa el eterno enfrentamiento, los cuentos de siempre, los lobos y las caperucitas, las banderas como cachiporras, la política de bajura y bajonazo…. Y mientras seguimos atascados, perdimos en el XIX todas las revoluciones, incluida las industriales, y aún no hemos sido capaces de soltar los complejos de país de segunda en Europa. Europa, la Comunidad Europea, la Unión Europea, nos llegó cuando las cartas estaban repartidas. La industria al norte, la agricultura a Francia. Y a nosotros, reconversiones, desguaces, barbechos y a verlas venir, mientras vengan. Firmamos, fuimos por fin Europa, y hasta ahora. Nos va a costar arrancar, porque nos dejaron sin motores. Dejamos que nos dejaran sin motores. Y ahí seguimos.

Me gustaría vivir un país maduro, que de una vez por todas sea capaz de aprovechar sus recursos, que cree y crea en él. Que produzcamos, que exportemos, que tomemos las riendas del paisaje que vendrá dentro de dos o tres o cuatro décadas. Que dé oportunidades a todos, que no deje a la gente en la cuneta, que no surta a medio mundo con profesionales que salen de las universidades y que aquí no tienen encaje. Una España que aproveche las nuevas tecnologías, el sol, el viento, la creatividad y las revoluciones que ya están aquí y las que vendrán. A ver si aprendemos de una vez.