Toledo desde el kiosko Katalino

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El incendio de Toledo

La ola de calor que se anunciaba en todos los telediarios no podía presagiar nada bueno y en efecto ese viernes a las 5 en punto de la tarde se levantó una chamusquina allá por detrás de la Fábrica de Armas y por el Cerro de los Palos y la Bastida que asustaba al más pintao, porque del humo al fuego se pasó en minutos. La historia ya finalizada de este arrebato de la naturaleza se resume en la prensa en más de 3.5000 hectáreas destruidas entre las provincias de Toledo y Madrid, porque los fuegos no entienden de fronteras y desde las cercanías de la misma capital, el fuego cruzó  hasta la Sierra de San Vicente, penetrando en Madrid por Cenicientos y Cadalso de los Vidrios y su extinción duró toda una semana. Cuando pensamos que solo arden los pinos, las casas o la maleza olvidamos que también desaparece una parte de nuestra memoria histórica, esa tan denostada por los tontos que no saben que nuestro futuro se urde en las tramas del pasado y presente. Por ejemplo en el bosque de Almorox, hoy más conocido por sus urbanizaciones, era un paraje espectacular en época medieval y moderna, pleno de pinos, pinformes, acebuches y rodeado de ardillas, ciervos y jabalíes. Justo al norte de su término municipal en el bosque de pinos piñoneros tuvo lugar una de las escenas narradas en el Lazarillo, aquella en la que se cita «llegando a un lugar que llamaban Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo de ellas».
Pero a un servidor le gusta más un texto, en concreto un poema escrito por Antonio Colinas en el que recuerda el paso por la zona de un ‘preso’ célebre San Juan de la Cruz que venía al convento de carmelitas de Toledo: «Por aquí pasó hace años, por estas mismas sierras, entonces era invierno, con un cordel de esparto le llevaban atadas las muñecas y los ojos vendados, sin darse cuenta que él sentía el olor de la sierra y los pinos, lo adormecían los grillos, las cigarras y sin embargo que real la tierra, que marca la sierra que tiene por almohada, esta tumba de olvido, en el pinar de la persecución». Y qué decir de Cenicientos y su famosa Piedra Escrita, un santuario rupestre como el de Segóbriga y también dedicado a la diosa Diana, un monolito natural de granito de más de 5 metros que contempló impertérrito el incendio. Recordé en esos días a Lázaro y a San Juan de la Cruz, que luego se escapaba del convento cárcel carmelitano y soñaba con los pinos de Almorox como Jesús...que sueña con su Pelahustán natal repoblado y hermoso….