El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Planto por las humanidades

08/07/2020

Estos días me encuentro participando como profesor vigilante y corrector en las pruebas de acceso a la Universidad, la EvAU, la vieja selectividad. Un momento importante en la vida de cualquier estudiante, que le abre, si lo supera, las puertas para una de las etapas más ricas de la existencia humana, el periodo universitario. En ella se recogen y exponen los conocimientos que se han ido adquiriendo a lo largo de los años previos de estudio, el fruto de todos los esfuerzos formativos anteriores. Un momento de madurez personal e intelectual.
Mientras paseo entre los bancos, me detengo a observar las respuestas, especialmente las más relacionadas con mis áreas de conocimiento. E inmediatamente he de retirar la mirada, pues mis ojos se ven acuchillados por los abundantes maltratos que a la ortografía castellana, al estilo literario y a la belleza expresiva infligen los alumnos. La ausencia de tildes es peccata minuta frente a las lacerantes transgresiones de las normas que el buen Elio Antonio de Nebrija elaboró para elevar la rica lengua de Castilla.
Pero no sólo es la gramática o la ortografía; errores de bulto en historia, ignorancia de los clásicos de la literatura, confusión acerca de los estilos artísticos. El nivel, en general muy bajo, de conocimientos humanísticos del alumnado es escandaloso y debería llevar a preguntarnos qué estamos haciendo, como sociedad, con el espléndido legado que nos transmitieron generaciones anteriores. Porque no es sólo un problema de nuestros educandos, ni culpa de un profesorado maltratado y abandonado por unas autoridades educativas que nos someten al oscilante baile de leyes ineficaces, efímeras y partidistas, sino de toda la sociedad, que parece menospreciar unos conocimientos que no resultan prácticos y eficientes para nuestra mentalidad pragmática.
Diríase que en la era de la tecnología las viejas humanidades no tienen nada que aportar, ni producen ningún beneficio económico, sino que son una reliquia de un pasado ya superado.
Y, sin embargo, esta sociedad tecnificada y deshumanizada, precisa, más que nunca, el soplo vivificador de las humanidades. Estas son el mejor fruto de la cultura occidental, desarrolladas a lo largo de más de dos mil ochocientos años, y que ha llevado a que seamos sociedades democráticas, en las que se reconoce la dignidad de la persona, con sus derechos inalienables: la literatura, que nos ofrece esparcimiento, disfrute, pero también nos enriquece aumentando nuestras capacidades discursivas y expresivas. La música, capaz de elevar el espíritu humano a cotas insospechadas. La filosofía, que nos ayuda a comprendernos como personas y como sociedad, y nos hace seres libres frente a los poderes que tratan de controlarnos. El arte, con sus múltiples ramificaciones, expresión de la extraordinaria capacidad del ser humano para crear belleza.
Sí, necesitamos más que nunca las humanidades. Y las necesitamos porque sin ellas nuestro llanto no será por unos saberes perdidos, sino por una humanidad más pobre, menos libre, más manipulable, menos feliz.