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Ángel Monterrubio

Tente Nublao

Ángel Monterrubio


Celso, ‘el Fuellero'

21/09/2022

En cuanto lo licenciaron, después de la Guerra, Celso, 'El Fuellero', se quedó en Talavera. Le gustó el sitio y el carácter de la gente, pensó que era buen lugar para empezar una nueva vida. En un principio, bajaba fuelles de Sagallos, su pueblo zamorano, que luego vendía por toda la comarca con un carro tirado por un macho viejo más falso que la palabra de Judas. Después, con los ahorros y unas perras que pidió prestadas a un pariente cura que tenía en Salamanca, pagó la primera letra de un desastrado camión ruso 3HC – 'Tres Hermanos Comunistas' lo apodaban- que fue componiendo, con mucho esmero y a ratos perdidos, su buen amigo el taxista y mecánico talaverano Fidel Romero Rico y empezó a llevar frutas y verduras de las huertas a los puestos del mercado de La Cebada en Madrid. Celso, 'el Fuellero', dormía poco y trabajaba mucho, pero pronto hizo dinero, amplió el negocio con una camioneta Ford en cuya visera puso una imagen de la Virgen del Carmen y el rótulo: 'Frutas y Verduras El Fuellero', construyó una casa muy aparente en el Paseo de la Estación, engalanada con cerámica de Ruiz de Luna y casó con una navalqueña guapa y hacendosa que lo traía como un pincel.
Celso, 'el Fuellero', contrató de chófer a Virgilio López, el Negro. Virgilio era de la parte de Piedralaves, excelente persona, virtuoso del volante y de la mecánica, había servido como conductor del teniente coronel republicano Miguel Tagüeña en el frente de Aragón. Flaco, renegrido, bisojo, de dientes ralos y con un solo huevo. Una noche en una casa de putas de Horcaperros un tratante de mulas de Quismondo se cachondeó de su anorquia y Virgilio, el Negro, ni corto ni perezoso, lo tiró de cabeza y en calzoncillos marianos por el balcón. De resultas de la caída el chalán quedó con un brazo roto por dos sitios y una brecha en la cabeza de catorce puntos. Las voces y el revuelo fueron morrocotudos. Virgilio, 'el Negro', se libró de una gorda porque chicas y clientes juraron y perjuraron a los guardias municipales que el quismondano en un rapto de enloquecimiento etílico había saltado él solito por el balcón y sobre todo porque Celso, 'el Fuellero', tenía buena amistad con el alcalde Justiniano López Brea.