LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Misión de audaces

Vivimos tiempos convulsos porque empiezan a surgir dudas intelectuales molestas, sutiles y se intuye que algo no va bien. Durante los últimos dos siglos, los políticos e intelectuales creyeron que estaban inevitablemente en una senda de progreso constante. La muerte de Dios, el secularismo, el ataque a las tradiciones y un nacionalismo ferviente inspiraban el intelecto y consiguieron movilizar a millones de personas.

El resultado no fue el esperado o digamos que nadie pensó en el coste en vidas humanas que dicha liberación iba a suponer. El caos destructivo y la lujuria que acompañaron a dicha epifanía libertaria solo ha traído una pila de muertos. Europa se lo creyó a pies juntillas, con la consiguiente desaparición de instituciones que costó generaciones forjar, y transmitió su celo dogmático a África, Asia y América.

Las injusticias deben de ser perseguidas siempre, aunque la inteligencia nos exige imponernos límites a la hora de combatirlo. La ingenuidad o el exceso de confianza en nuestras capacidades pueden provocar un daño muy superior al bien que queremos alcanzar. El problema es que nuestra comprensión sobre la naturaleza humana, derechos, libertades u objetivos se han diluido peligrosamente. Demasiada gente inteligente improvisa en su vida diaria y opta por pensar como vive, sin vivir como piensa; perdón, como pensaba. Creer que la voluntad individual es árbitro correcto de nuestros actos es un ejercicio de soberbia e incompatible con la inteligencia.

Lo expuesto puede parecer complejo, pero cualquier adulto sabe en su interior que esa dirección es errónea. Por educación nadie lo dice, pero es evidente que hay una confusión mental que aumenta la desesperanza y el pesimismo colectivo. Nos sentimos incómodos cuando desconocemos el terreno que pisamos. Desgraciadamente este equivocado dogmatismo lo estamos inculcando a la nueva generación que observa con cinismo nuestra deriva intelectual. El individualismo egoísta desprecia la generación de vida.

Llegados a este punto algo hay que hacer. Pretender volver al pasado no es una opción madura, ni recordar con nostalgia momentos que no volverán. Ante esta agonía reflexiva solo nos queda acudir a principios básicos y generales. Hay que defender la libertad individual y la propiedad privada, sin ambas la pobreza se extiende. Hay que proteger el respeto a la ley, porque es la única forma que tiene el ciudadano de luchar contra la arbitrariedad del poder. Aceptar nuestras limitaciones no es épico, pero una sociedad sana promueve los individuos libres. No perdamos nuestra confianza en esos valores.