La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Crónicas irlandesas (I)

«Te daremos de beber, te daremos de cenar, te enterraremos». Ese es el lema con el que nació McCarthy’s en 1840 en Fethard, condado de Tipperary. Sobre la puerta hay un cartel enmarcado con hierro, que bien parece una esquela, con  la cabeza de un caballo de carreras y el anuncio ‘Publican Restaurant Undertaker’. Un día antes, en Cahir, he fotografiado la placa de latón reluciente de ‘P.J. Condon, enterradores’. En la carretera había una larga fila de coches siguiendo a un coche fúnebre con ventanas transparentes para que se pudiera ver la calidad del ataúd. Al pasar por una aldea, una pequeña multitud se congregaba en el atrio de la iglesia para despedir al último vecino fallecido. Es frecuente ver escaparates con un surtido de coronas, letreros, corazones y centros de flores a buen precio.
Los cementerios están en medio de los pueblos, rodeando a la iglesia, con tumbas que se remontan al siglo XIX. Son sitios ideales para pasear, para cotillear las historias de aquellas familias que caían como moscas poco después de la Segunda Guerra Mundial, o curiosear los apellidos de soltera de Agnes o Lucille o Samantha, y la diferencia de edad con sus maridos, o para averiguar con un cosquilleo que aquellos niños que murieron con pocos meses de diferencia tuvieron que ser gemelos si echamos las cuentas. No es de extrañar que aquí se cuenten grandes historias de terror. Los enterramientos están a la vuelta de la esquina, visibles desde las casas con sus lapidas derribadas por el suelo inestable, las cubiertas removidas, hundidas, partidas; con vallas de barrotes puntiagudos de hierro forjado que están misteriosamente doblados, como si alguien de fuerza sobrenatural las hubiese querido abrir desde dentro; con mausoleos tapiados a cal y canto para evitar que nadie los profane (o que nada pueda salir).
Irlanda es una isla. Hasta hace nada sólo se podía salir de ella dentro de un barco. Yo imagino que cada lugar tiene su muerte, que no es lo mismo la muerte en Portugal que en Marruecos o en Burkina Faso. La muerte de Irlanda estuvo atrapada durante milenios, vagando por un territorio plano con acantilados en los bordes. Y fue haciendo su trabajo, integrándose en la vida de la población, hasta convertirse en su patrimonio más apreciado, ya fuera con la forma de un dolmen de hace cinco mil años o con un agujero en el suelo marcado por una piedra limosa. En la mayor parte de los lugares se le da la espalda de la muerte. Aquí te la encuentras aguardando a que acabes tu pinta dentro de un pub, o adornada con conejitos de cerámica y virgencitas de plástico en medio de un prado con cruces celtas. ¿Y qué otra cosa es el golf, deporte nacional, sino un recorrido más o menos largo que termina dentro de un hoyo?