LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Tú y yo

Cometería un grave error de análisis Boris Johnson si pensara que la mayoría absoluta que ha obtenido, es una demostración palpable de su atractivo electoral y un mandato firme de actuación. La triste realidad es que Gran Bretaña, desde el paso de David Cameron por el cargo, lleva unos años sumido en un declive acelerado de talento. Jeremy Corbyn era el oponente que cualquier político pudiera desear porque su absolutismo y prejuicios hacía que su parroquia le tuviera más miedo que a Boris. 
La líder del partido liberal, Jo Swinson, superó en torpeza a Jeremy al afirmar públicamente que iba a ignorar el resultado del referéndum del Brexit y ser incapaz de contestar a la pregunta sencilla de “qué es una mujer”. No es fácil definirse como demócrata si uno no acepta lo que la mayoría de los votantes expresan en una urna; ni estar capacitado para el puesto si se reflexiona tanto que te lleva a la parálisis intelectual.
Esta introducción recuerda el delicado escenario por el que transita la pérfida Albión e indirectamente la Unión Europea, por su falta de autocrítica. Parece incomprensible que en Bruselas nadie se haya preguntado cómo es posible que la segunda economía europea y epicentro financiero continental, se sienta más cómoda fuera del proyecto comercial más interesante del mundo.
Los británicos viven una esquizofrenia permanente al combinar un Estado central poderoso, que en vez de equilibrar el crecimiento ha beneficiado constantemente a Londres; exponente del exceso financiero y las injusticias económicamente rentables. El poder de su Administración es parecida a la que tuvieron los soviéticos, pero más eficiente en la consecución de sus objetivos. Una minoría funcionarial decide por ti y los jueces se encargan ágilmente de su aplicación. 
La gran batalla intelectual y mediática consiste en creer que una democracia está viva en la medida que cada individuo hace lo que su voluntad le dicta. Es la dictadura de lo políticamente correcto y el imperio de los mediocres.
Cuando una prestigiosa universidad prohíbe los aplausos, por votación estudiantil, para evitar el estrés para los intervinientes algo falla. Si cada individuo potencialmente agraviado puede imponerse sobre el resto, hacemos sociedades muertas donde se confunde la tolerancia con la imposición. Gran Bretaña olvidó que la libertad necesita ciudadanos responsables, no súbditos obedientes. Algunas minorías promueven unos privilegios que ofenden a la mayoría, atentan contra la convivencia y debilitan la cohesión nacional. Boris ha evitado un debate que no podrá eludir en el poder. Veremos.



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