La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Humboldt

23/06/2020

Recordaba lo de la corriente y lo del pingüino con su nombre, pero poco más. Ni siquiera me sonaba que fuera alemán. Andrea Wulf ha escrito la biografía más reciente de Alexander von Humboldt y le ha puesto como título ‘La invención de la naturaleza’. Para ello convirtió una idea en un viaje que le ha llevado a escalar el Chimborazo en Ecuador, escuchar el lamento de los monos aulladores en la selva de Venezuela, sobrevivir al huracán Sandy en Manhattan o recorrer Yosemite y el estanque de Walden que viera nacer el famoso libro de Thoreau.
Humboldt fue guapo, rico, políglota, encantador, curioso hasta la obsesión, un torrente incontrolable de erudición y soltero hasta su muerte a los 89 años. Empezó trabajando como inspector de minas hasta que pudo embarcarse rumbo a Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba y México. Allí se dedicó a descubrirle al mundo un continente, a describir su flora y su fauna, sus culturas prehispánicas, sus montañas y ríos. A fuerza de escalar volcanes cargado con teodolitos, barómetros e incluso un curioso aparato que servía para medir la intensidad del azul del cielo, se convirtió en el montañero que más cumbres había coronado en su tiempo. Recolectó hierbas, animales y minerales, y cartografió territorios con los que luego trabajaría durante años para publicar volumen tras volumen. Amigo de Goethe, fue el primer científico que escribió como un poeta, el creador de la divulgación científica. Le interesaba todo lo existente entre las estrellas y los gusanos, y con el paso del tiempo comprimió el Universo en su cabeza y lo plasmó en su vejez en la serie ‘Cosmos’, convertida en superventas. También son cosa suya las líneas isotermas que se siguen empleando hoy en día, la concepción de la naturaleza como una fuerza viva en la que todo está conectado, o la representación de mapas del mundo con la distribución de la flora relacionada con altitudes y climas.
Abrió la puerta al ecologismo al relacionar las actuaciones del hombre con el cambio de las condiciones del medio. Supo ver los graves problemas de desertización que causaban la tala de los bosques y la apertura ilimitada de tierras de cultivo. Sin sus libros, Darwin no se hubiese embarcado en el Beagle ni gestado la teoría de la evolución de las especies, ni Muir habría sido el pionero de la creación de los parques nacionales. Amigo de Simón Bolívar y de Thomas Jefferson, denunció el colonialismo y defendió la liberación de los pueblos y la abolición de la esclavitud. Sin duda, algo raro está pasando en nuestro mundo cuando al leer la vida de un hombre nacido en el siglo XVIII encontramos la hoja de ruta a seguir para afrontar los problemas más graves del siglo XXI.