Macondo

María Ángeles Santos


Soñar despierto

Desde que tengo memoria, he soñado despierta.  Mientras caminaba por la calle, en las largas horas de las tardes de verano, con siesta forzada ‘hasta que caiga el calor’;  por las noches, cuando tocaba dejar el libro y apagar la luz, pero el sueño no llegaba, en los trayectos en tren o en bus, camino de cualquier parte…
Y siempre lo he considerado normal. Inventar un mundo paralelo e instalarse en él, bien para escapar de una realidad que no te gusta, o bien para vivir otra vida más allá de la que puede ofrecer la tele o el cine, o los libros,   en el que tú puedes ser lo que quieras, más guapa, más buena, más lista, más amada y más amante, y refugiarte en él siempre que tengas un ratito, no puede ser malo. Al fin y al cabo, la realidad está siempre ahí, acechando para traerte de vuelta.
Pero al parecer eso se llama trastorno por ensoñación inadaptada o excesiva. Lo dicen los psiquiatras, siempre interesados en hurgar en nuestra mente para descubrir los misterios del cerebro. Claro, que digo yo que será en casos extremos, cuando alguien pase más tiempo ‘allí’ que en el mundo de verdad. O cuando decida no volver nunca, porque aquí no hay nada que lo gratifique.
Soñar despierto no puede ser malo.  Es más, creo que es imprescindible para afrontar la vigilia con todos sus sinsabores. Quién no ha pasado horas y horas en la playa, en la montaña o en un país exótico, cuando faltan meses para coger vacaciones. E incluso cuando no hay vacaciones que coger. Hemos imaginado la maleta, el viaje, el hotel o la casita de campo, hemos charlado con los imaginarios compañeros de viaje, nos hemos visto nadando y hemos sentido el frescor del agua en la espalda y el olor a mar o a monte, físico real…
Y en el extremo opuesto,  no es difícil ponerse en el lugar de las víctimas de cualquier tragedia, de una violación, de un grave accidente. Tienen más que justificado su sueño perfecto,  sin que nadie pueda llamarlo trastorno inadaptado o excesivo. Habrá extremos, por supuesto, que los científicos tienen sus razones cuando ponen ‘apellido’ a los sueños.
Pero visto lo visto, cada vez apetece más inventarse otro mundo para fugarse del que nos ha tocado en suerte. Lo que de toda la vida de Dios se ha llamado soñar despierto.