En el Camino

Enrique Sánchez Lubián


De lo cotidiano

26/04/2020

Algunos días, durante ese tibio duermevela en que nos debatimos si seguir recogidos en la cama o salir prestos camino de la ducha, titubeo sobre lo qué está pasando. Me cuesta entender por qué, de nuevo, deberé quedarme confinado en casa, acceder desde allí a mi puesto de trabajo, compartir impresiones con mis compañeros y compañeras a través de la pantalla del ordenador y procurar cumplir rutinas que pauten un devenir lo más cotidiano posible. Al igual que un barco va alejándose poco a poco del muelle hasta que sus grúas y tinglados apenas son perceptibles en el horizonte, cada vez se me antojan más remotos aquellos días de marzo en que comenzó esta pesadilla.
Desde mi terraza distingo las últimas edificaciones de la ciudad y las lomas que rodean Toledo camino de la Sagra. Las lluvias recientes han venido muy bien al campo y el verde de sus labores invita a recorrer sus caminos, ahora solitarios. La primavera va a quedársenos registrada en la columna del debe. Este confinamiento preventivo se asemeja a una ofrenda colectiva para que cuantos héroes anónimos nos protegen no desfallezcan. Y cada tarde, desde allí, sumamos aplausos con nuestros vecinos, transmitiendo gratitud y fortaleza a los que trabajan o están ingresados en centros sanitarios, mantienen a punto abastecimientos y suministros públicos esenciales, abren cada día comercios alimentarios, defienden y garantizan la seguridad de todos, ayudan a quienes no pueden salir de casa o recogen nuestras basuras cada noche y desinfectan plazas o calles. No están solos y deben saberlo.
En esos momentos, sobre los tejados veo balcones y ventanas abiertas en las que apenas se vislumbran unas manos batientes. Desconozco el nombre y rostro de algunos de esas personas que luego, tras escuchar dos canciones con que una de ellas nos transmite que seguimos ahí, nos despedimos con un amable «hasta mañana». La tarde empieza a decaer y habremos ganado un día más al maldito virus. El sueño, luego, encubre dudas, invitándonos a esperar el mañana en que todo habrá pasado. Cuando ese despertar llegue, sin dilación ni perezas, cuantos ya llevamos más de cuarenta días en casa, deberemos tomar las calles para que quienes ahora están en ellas descansen y recuperen las horas, desvelos y esfuerzos que nos han dedicado. Bien se lo merecen y bien se lo debemos.