La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Una estrella sobre la tierra roja

Visto desde la cámara cenital parece una estrella de mar varada en una playa de tierra roja. Los brazos y piernas abiertos, los ojos mirando al cielo, una raqueta en perfecta diagonal. Hasta llegar ahí se ha deslizado por la tierra batida como si surfease un mar de olas planas, y ha convertido su cuerpo en la pared de un frontón. Aunque no lo hubiera visto, que sí, podría contar todo lo que ha pasado. Pañuelo en la frente, muñequeras en los brazos, piernas enraizadas en la arcilla, el cuerpo inclinado hacia adelante, las manos aferradas al mango de la raqueta aguardando el bombardeo del saque con la misma fe con que un misionero se agarra a una cruz antes de cristianizar a una tribu peligrosa, carrera hacia los extremos de la pista, un grito para echar todo el aire fuera de los pulmones a la vez que la raqueta hace un molinete por encima de su cabeza, la bola en la línea lejos del alcance del contrario, punto y juego. Un tirón de la pantaloneta para separarla de los glúteos, se coloca el pelo a derecha e izquierda sobre las orejas, se roza las aletas de la nariz como aquel niño vikingo de dibujos animados, saca a la red, bota la pelota como si se hubiese olvidado de que alguien le espera enfrente, segundo saque bien colocado, intercambio de gemidos, subida a la red y volea con retroceso para que la bola no encuentre el camino de vuelta a su campo, punto de nuevo. Momento para secarse el sudor con la toalla siguiendo el ritual de siempre, el del mordisco del plátano y el buchito de la bebida isotónica, el de la mirada atenta a la tensión del cordaje. Alguien grita: «Vamos, Rafa»; tirón de calzones, peinado de patillas, apretón de nariz, nuevo punto y es él quien se grita «Vamos» con el puño apretado. Hasta el punto final que acabará como siempre, con el tenista dejándose caer de espaldas en la arcilla, manchando de rojo los colorines de su camiseta, los dedos de las manos encapsulados con tiritas y apoyados en los ojos, mientras el cuerpo tabletea con los sollozos del campeón. Luego se levantará, revestido de arena y sudor como un gladiador romano, se arrebatará la cinta del pelo y mirará a la grada que se debate entre el griterío de los entregados y el silencio de los incrédulos. Ceremonia, alabanzas al rival y un mordisco al asa de la ensaladera, que en Roland Garros llaman pomposamente la Copa de los Mosqueteros. Rafa Nadal ha transformado el campeonato de tenis más famoso del mundo en un día de la marmota del que ninguno queremos despertar.