CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


La caída

Hace apenas seis meses Albert Rivera era un nombre que se incluía en la lista de dirigentes que podrían alcanzar algún día la Presidencia del Gobierno. Hoy Rivera es un juguete roto políticamente, que ha dimitido de la Presidencia de Ciudadanos, de su escaño y de la vida política asumiendo la responsabilidad de llevar a su partido a un auténtico desastre electoral.

Las palabras con las que anunció su dimisión fueron sentidas, sinceras, desde el corazón. Emocionó a los suyos y a muchos de los que nunca lo han sido, la pena es que esa figura humanamente tan atractiva no haya aparecido durante sus años como político, en los que se dejó llevar por la obcecación en un no es no que, años antes, ya había desalojado a Pedro Sánchez de la Secretaría General del PSOE. Si Rivera hubiera atendido las sugerencias de muchos de sus más importantes compañeros, si hubiera comprendido que mejor un acuerdo con Sánchez que empujar a Sánchez a pactos con formaciones que detestan los votantes de Ciudadanos, el domingo 10 no habría sido la tumba política de Rivera.

Obsesionado por situarse en el centro, no supo entender que un político de centro tiene que mirar a derecha e izquierda. En tiempos de Rajoy llegó a pensar que podía ganar las elecciones porque así lo recogió algún sondeo, y con la llegada de Casado se marcó el objetivo de convertirse en líder de la oposición sustituyendo al presidente del PP. No supo hacerlo. Desaprovechó la oportunidad de permitir a Inés Arrimadas que se presentara a la investidura para gobernar Cataluña ya que había ganado las elecciones; desaprovechó la oportunidad de gobernar Andalucía con Susana Díaz y de gobernar España con Pedro Sánchez. Echó así por tierra la ilusión de millones de votantes que le habían convertido en tercera fuerza parlamentaria.

La propia ejecutiva de su partido quedó dañada cuando algunos de los mejores se dieron de baja porque no estaban de acuerdo con su presidente, y en vez de reaccionar se echó al monte de la animadversión personal contra Sánchez y de sumarse a proyectos compartidos con el PP a pesar de que eso obligaba a pactos con Vox. Pactos que no le han pasado factura a Pablo Casado sino a Rivera, a pesar de que evitó fotografiarse al lado de nadie de Vox, excepto en el famoso encuentro de la plaza de Colón.

No es hora de hacer leña del árbol caído, sino de dolerse porque se ha perdido a un dirigente que podía haber sido un excelente político si hubiera meditado más las consecuencias de sus acciones y se hubiera dejado aconsejar por los suyos, los que le quieren bien. En la hora de la despedida había lágrimas sinceras de sus compañeros, aunque la mayoría de sus votantes hacía tiempo que ya no creían en la palabra de Albert Rivera.

¿Quien le sustituirá? Gran pregunta, aunque todos los caminos conducen hacia Inés Arrimadas.