Tente Nublao

Ángel Monterrubio


El carrito de Mondas

07/04/2021

Hace ya algunos años el carrito tirado por carneros con la ofrenda de Gamonal era el centro de atención de los niños talaveranos; en cuanto lo divisaban corrían como centellas para entrar en la comitiva, lo rodeaban con gran algarabía y acompañaban entre empujones y risas hasta la puerta de la ermita. Reflejo de esa expectación y excitación que causaba en los pequeños la caravana de Mondas es el pasaje de José María Portales en su novela de costumbres sobre Talavera de la Reina, escrita a principios del siglo XX. Para los pequeños conseguir una banderita de las que lo adornan era una hazaña y trofeo inigualable que conservaban y colocaban en lugar preeminente de su casa durante toda la vida. En la actualidad, en vez de chiquillos, rodea el carro un cordón de voluntarios de Protección Civil y Policía Municipal. Los tiempos mudan.
En 1955 el entrañable Saturnino de la Cruz para tirar del carro unció tres carneros en vez de dos: hermosos, de buena alzada y excelentemente domados -como era su costumbre, paciencia y habilidad y sigue siendo ahora en las manos de sus descendientes y queridos amigos Joaquín y Jesús Gómez-. A Saturnino le debió dar pena tener que dejar uno en la cuadra y se presentó con el trío. Llevaron el carrito hasta El Prado como una exhalación. Pero no siempre le salieron bien las cosas a Saturnino. En Las Mondas de 1966 los machos le dieron un disgusto morrocotudo: se negaron en redondo a tirar del carrito poco después de iniciada la marcha. No valieron ni las voces ni algún que otro zurriagazo. Reculaban, reculaban y no hubo manera. Tan negro se puso el asunto que tuvieron que ser relevados de su misión. Fueron suplantados por dos solícitos mozos gamoninos que venían de acompañantes con las autoridades del lugar. Como no era para menos, el episodio levantó la hilaridad y burla de los chavales -y no tan chavales- con bromas y rechiflas durante toda  la procesión que los  tiradores llevaron con estoicismo.  
Al carrito de Gamonal durante mucho tiempo le hicieron sana competencia las carretas de bueyes engalanadas que bajaban de Segurilla rodeadas de jóvenes ataviados con trajes típicos que daban un especial color y calor al desfile con sus ropajes y cantos y en las que tanto entusiasmo y trabajo pusieron tres recordados maestros segurillanos: doña Pepita, don Eugenio y don Carlos.