BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Desasosiego

Incluso entre quienes lo han votado, Pedro Sánchez despierta un alto grado de desconfianza; es algo que se palpa en el ambiente. Sus rotundos cambios de opinión, sus posicionamientos opuestos no pueden menos de hacer pensar que está obsesionado con el poder, cueste lo que cueste. Basta observar detenidamente su rostro, estos últimos días, para darse cuenta de que no las tiene todas consigo. El mismo día del abrazo con Pablo Iglesias, algo raro se palpaba en el ambiente. El rostro de Iglesias era el rostro ganador, radiante; el de Sánchez, forzado, risa contenida. Fue Iglesias el que tomó la iniciativa del abrazo, en tanto que Sánchez se dejaba hacer.
Era lógico; abrazarse efusivamente con alguien a quien palpablemente no tragas, alguien que te ha prodigado todo tipo de lindezas, tantas o más que tú le has dedicado a él, es para no estar muy feliz. Todo suena a ‘trágala’. Decir como dijo a bombo y platillo que la presencia Iglesias en el Consejo de Ministros le impediría dormir, y un mes después pactar con él, necesariamente tiene que preocupar, incluso a sus más afines.
El objetivo de tantas prisas era hacer un gobierno que en modo alguno tuviera que depender de los anticonstitucionalistas, para así tener las manos libres en un momento harto delicado,  y hete aquí que, una vez más, no le salen las cuentas, y no le queda más recurso que alcanzar un acuerdo con ERC para que al menos se abstenga. Pero a los catalanes, visto lo visto, les ha faltado tiempo para imponer condiciones draconianas, en especial la de formar una mesa de negociación y la de obligar al aspirante a reconocer que el problema con los catalanes es puramente político y no de convivencia como Sánchez ha venido repitiendo hasta la saciedad. Pues bien, en lo que se refiere a la segunda condición, le ha faltado tiempo para reiterar que el problema es político, lo que recuerda al Aznar que hablaba catalán en la intimidad, pero que, en el caso de Sánchez supone abrirse a una posible negociación. Es evidente que los independentistas de Esquerra ven los cielos abiertos con sus trece escaños y con las ansias de ser investido que advierten en Sánchez. Por un lado Iglesias, por otro Rufián: un futuro sin duda negro o más que negro.
Y todo eso sin contar las pequeñas taifas que se han formado en el Parlamento y que, a imitación de los vascos, están dispuestas a apoyar a Sánchez siempre que él se muestre dispuesto a pagar generosamente el precio exigido. A este paso, muy pronto surgirán aquí y allá, otros partidos a imitación de ‘Teruel existe’ que harán del gobierno de España una merienda de negros. Y, por si faltaba algo, ayer mismo, Pablo Casado proponía formalmente a Sánchez el apoyo del PP siempre y cuando convirtiera el acuerdo con Iglesias en papel mojado. Y para completar el galimatías, Ciudadanos que, sin aprender la lección de Valls, pese al durísimo precio pagado, sigue en sus trece.
No cabe duda que el laberinto en que Pedro Sánchez ha metido a España con sus nefastos consejeros áulicos augura un porvenir sombrío. Aquí, los únicos que han salido triunfantes son los independentistas y Vox, o sea los radicales nacionalistas de ambos lados, en tanto que el centro perdía tres millones de votantes. Es para estar desasosegado, y más aún viendo a diario a esa horda de vándalos del CDR, perfectamente organizada desde Waterloo, y seguramente pagada, convencidos de que ‘cuanto peor, mejor’, puesto que, de seguir así las cosas, Europa tendrá que intervenir y ahí te quiero ver amigo Iceta. Algo huele a podrido en España con unos partidos políticos de vuelo gallináceo y miras cortas y limitadas, que viven pendientes de sus intereses particulares y olvidan que España, por culpa de unos y de otros, está en el filo de la navaja por culpa, entre otras cosas, de las prerrogativas que se otorgaron en 1977 a quienes lo único que pretendían, ya entonces, era romper la unidad de España.