EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Embozar

14/05/2020

Puede que el coronavirus esté cambiando hasta nuestra condición animal más elemental, desarrollando o haciéndonos recuperar instintos básicos y facultades perdidas de nuestra ancestral naturaleza salvaje. 
Salgo de mi casa totalmente embozado, tanto que parezco de la época del marqués de Esquilache, que tuvo que firmar un decreto por el que prohibía a los hombres llevar capas largas y sombreros anchos y redondos, recomendando sustituirlos por la capa corta y sombrero de tres picos, todo ello con el fin de evitar el embozo de la identidad para la comisión de delitos. El caso es que salgo con mascarilla cubriéndome hasta las cejas, gafas de sol, gorra con visera y el pelo largo y rizado al estilo de Harpo Marx, después de tanto tiempo sin poder visitar a mi peluquero. Salgo así de embozado y convencido de que no me reconocería ni la madre que me parió, cuando nada más empezar a caminar alguien me saluda gritando desde la otra acera con sincera y efusiva alegría: ¡Alejandroooo! Y así, durante todo mi recorrido nos vamos combinando reiterados saludos entre amigos y conocidos, contentos de vernos sanos y salvos, trasladándonos, de pasada y con la debida distancia, nuestros mejores deseos de salud y bienestar, y preguntándonos por la familia, por el trabajo y por el confinamiento en general. Y lo peor de todo es que yo también los identifico rápidamente a todos, pese a las mascarillas y demás abalorios y componendas, habiendo llegado al convencimiento de que nos reconocemos por los andares, o por el olfato, como los perros, o como los monos en la selva, que ya sabemos que desde algunas disciplinas biológicas y desde una perspectiva darwiniana, los primates son nuestros primos hermanos.
El significado de embozar es doble; además del sentido expresado de «cubrir la cara hasta los ojos con una prenda de vestir», según la RAE también viene referido a una segunda acepción. Sin ir más lejos, en su telediario de hora punta, entre abrumadoras e interminables noticias sobre el coronavirus, Ana Blanco utiliza menos de un minuto para dar la noticia de que se ha trasladado a prisiones cercanas al País Vasco a dos presos de ETA. Dice que se trata de los que participaron en el atentado de la plaza de Ramales de Madrid, donde «fallecieron» tres personas. Sí, dice que fallecieron, así, como si hubieran tropezado y golpeado en la cabeza contra una papelera, como si hubieran fallecido de un infarto, de cáncer o de coronavirus. Ni siquiera dice que murieron y, por supuesto, no dice la frase correcta ajustada a la realidad: «Donde fueron asesinadas tres personas». Y el embozo del eufemismo intencionado se ajusta así a la segunda acepción de la RAE; «disfrazar con palabras o acciones determinada cosa, especialmente una opinión o un plan».