Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Inquietante

Vivimos en un mundo conectado y virtual que la ciencia y la tecnología han hecho posible. Tanto que nos permite mañana imaginar un contexto político y económico a escala global y que hoy condiciona nuestra vida cotidiana y nuestra organización social. Internet ha sido la tecnología determinante para el progreso de nuestra época, al igual que fueron decisivos la máquina de vapor o el motor eléctrico para el cambio tecnológico en otros momentos de la historia.
Poco a poco hemos ido confiando en esta tecnología y vamos relegando y desechando las alternativas convencionales, haciéndonos dependientes de su buen funcionamiento. Tenemos la idea de que Internet es algo abstracto e intangible, aunque funciona gracias a una poderosa infraestructura compuesta por cables que cruzan países, viajando por suelos y océanos a lo largo del mundo, y de la que está pendiente la geopolítica. Hablamos de la nube que solo es una bella metáfora, como diría Javier Echevarria, porque esos datos están guardados en enormes equipamientos informatizados por empresas transnacionales, puesto que la acumulación de datos se convierte en capital.
La mayoría sostiene que es imposible que Internet falle, ya que su origen fue el proyecto militar Arpanet de EEUU con el que conectar las instituciones estatales mediante una red poco vulnerable que  fuera capaz de salvar sus propios fallos. Está diseñada de manera que haya muchas posibilidades para llegar de un punto a otro de la red, de modo que si un nudo falla los datos puedan hallar sin problemas otra alternativa para circular. Sin embargo, se encuentran fácilmente estudios y pronósticos sobre el efecto de la caída de Internet y sus graves repercusiones. Hay filósofos, como Dan Dennett, que sin alarmar nos advierte que hemos perdido el antiguo tejido social, la red humana, sustituido por Internet. También se conoce que algunos países planean desarrollar otro Internet.
Cuando vives en primera persona varias epopeyas en la misma semana, no digo que desconfíes pero pones más atención en lo que cuentan los estudiosos sobre la materia y te aplicas en tener prevista una solución alternativa. Seguro que fueron fruto del azar y solo  pueden calificarse como casos fortuitos. A mí me parece extraño, además de muy incómodo porque ya soy dependiente, que durante casi un día entero no pudiera gestionar un envío en la plataforma de una gran empresa de transporte y que dos días más tarde no hubiera forma de facturar, durante casi veinticuatro horas, un vuelo para conseguir la tarjeta de embarque en la web de una gran compañía aérea.
El destino que a veces te juega malas pasadas. Eso será. Pero si cuando estás pasando el control te encuentras con una señora desesperada porque en la cinta ha olvidado su móvil, donde lleva su billete electrónico, y nadie se lo devuelve, inmediatamente anotas mentalmente que no debes olvidar tu solución alternativa. Así que ahora nunca olvido llevar el billete en papel y un buen libro por si la casualidad no me deja descargarlo.