EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


El museo de los horrores

Llevamos unos años en los que, en plena Feria de Albacete, en el interior del recinto ferial, se presenta al aire libre una curiosa exposición de fotografías donde, junto a los edificios históricos de la ciudad, desaparecidos por demolición, se adjunta otra fotografía panorámica del edificio que ocupa el mismo espacio en la actualidad. La muestra es incomprensible, pues viene a presentarnos algo así como el museo de los horrores, como si un asesino en serie expusiera, orgulloso, la fotografía de los cadáveres de sus víctimas junto a otra donde aparecieran vivos y sonrientes gozando de sus vidas.
Las ciudades bellas no surgen por casualidad, sino como resultado de planeamientos urbanísticos serios y racionales, desarrollados de generación en generación por sus propios habitantes a través del tiempo y de sus representantes políticos.
Para formular cualquier queja que tenga relación con nuestro patrimonio arquitectónico o urbanístico, debemos desviar la mirada al conjunto de nuestros políticos, los de antaño y los de hogaño. Todos ellos, sin excepción, comparten la gloriosa responsabilidad política del mejunje que tenemos por ciudad en Albacete, por su acción directa o por su consentimiento o sometimiento continuado a los excesivos poderes otorgados a urbanistas y promotores inmobiliarios a lo largo de los años, a la voluntad y el pelotazo urbanístico del ladrillero de turno, al margen de cualquier criterio riguroso de responsabilidad social.
Y quede claro que los políticos responsables tampoco surgen por generación espontánea, somos nosotros mismos, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros primos y nuestros vecinos, que hacen exactamente lo que todos queremos o permitimos que hagan. Tenemos todos, los políticos y nosotros, la ciudad que queremos y nos merecemos.
En Albacete se han erigido auténticos mausoleos que, sin respetar estilos y formas, se han apartado terriblemente de lo anterior. Se han trazado calles y barrios absurdos y se han eliminado edificios de una riqueza histórica y arquitectónica digna de mimo, limpieza y restauración, destruyendo así, no sólo la presencia física de tal o cual edificio, sino todo símbolo de identidad y testimonio de nuestro pasado y nuestra cultura, prefiriendo la pala al restaurador, el bloque sin personalidad al bello edificio remodelado. Nada queda de la posada de la Estrella, de la portada plateresca de la calle Martínez Villena, el palacio renacentista de la calle del Rosario, la Casa de los Picos, la Casa de la Marquesa, el magnífico palacio rococó de la calle Mayor, la Casa Lonja, la Rotonda, el Teatro Cervantes, la Casa Noguera, la Casa de Montortal, el Banco Central.
Hace tiempo que se nos hizo un callo en la parcela emotiva del sentimiento afectivo que teníamos reservado a nuestra ciudad. Las cuestiones urbanísticas ya han dejado de afectarnos e indignarnos como antes. Hasta el punto de que somos capaces de exhibir nuestros crímenes en la Feria.