Victoria Lafora


Altura de miras

Parecía que la semana no iba a comenzar bien. Torra y Colau, (el primero en guerra y la segunda no se sabe dónde) "declinaron" asistir a la entrega de los premios Princesa de Girona. No contentos con eso,  tampoco garantizaban la seguridad de un acto que ha tenido que trasladarse a Barcelona porque la alcaldía de la otra capital catalana negó cualquier local para el evento. 
Después de una semana de incidentes "menores", si así se pueden calificar la acampada estudiantil y el cierre de los campus universitarios, la visita del Jefe del Estado se antojaba una oportunidad perfecta para que los vándalos volvieran a liarla. Casi de incógnito, la Familia Real se alojó en un hotel y el Palacio de Congresos de Barcelona se rodeó de efectivos policiales. 
Mientras tanto, fuera, seguía el espectáculo con hogueras (que afición al fuego deben creerse en Fallas), cánticos, gritos e insultos a los asistentes. (Por cierto, que mal lo pasó el concejal del PP del Ayuntamiento de Barcelona que llegó tarde; no le dejaron entrar los acosadores, además de escupirle y zarandarle). Dentro, se recibió con un gran aplauso a Felipe VI y a su hija, compensándolo de tanto desaire. 
Impecable, por comedido y respetuoso, el discurso del padre. Hablando de su estima a Cataluña, en un muy estudiado catalán, el de la Princesa de Asturias. 
La diferencia entre fuera y dentro se midió por uno de los premiados. A la misma hora en que los energúmenos quemaban fotos del Rey y gritaban contra el Estado Español, fascista y opresor, en el salón de actos, el Jefe del Estado reconocía que "hay ocasiones en que las presencias adquieren un significado más trascendente que las palabras, en las que, a través de actitudes, se expresan también profundas convicciones y sentimientos". O sea, que lo importante era estar ahí, aguantando el tirón y demostrando a los catalanes no independentistas que no están solos. 
Y la anécdota y el respeto quedaron manifiestas cuando,  tras advertir que la violencia y la intolerancia no caben en una democracia, el Rey saludó con una amplia sonrisa al joven Xavier Ros-Otón, matemático, uno de los premiados, que se presentó con un lazo amarillo en la solapa. Tampoco Leonor abandonó la sonrisa mientras le entregaba el galardón sin duda merecido. 
La cosmopolita y europea clase empresarial catalana y esa burguesía ilustrada, que con tanta frivolidad lleva años coqueteando con el independentismo, seguramente no se han parado a pensar que una Republica presidida por Torra, o por Puigdemont, o por Artur Mas, sería el hazmerreir, no ya por su irrelevancia, sino por la imagen institucional de cualquiera de los antes mencionados en la escena internacional. 
Cuanto iban a echar de menos a un Jefe de Estado, con una estricta formación que le impide caer en el ridículo, respetuoso con los derechos y las libertades reconocidas en la Constitución y, por encima de todo, un profesional.