EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Mientras dure la película

Mientras dure la película, no hay otra realidad que la que aparece en la pantalla según el particular entender de Alejandro Amenábar, que acomete la difícil tarea de reflejar con objetividad los hechos que sucedieron en la sublevación militar de 1936. ¿Lo consigue? Previamente, hay que atender a un antecedente práctico que lo condiciona y es que nadie hace hoy una película ni consigue avales ni subvenciones si no es fiel a lo «políticamente correcto».
La habilidad de Amenábar es aparentar una neutralidad histórica, un equilibrio en el relato que no siempre se consigue, porque se presenta la brutalidad del fratricidio en ambos bandos pero con un aroma diferente. Son complementos u omisiones que alteran la objetividad en su descripción de la violencia. Los sublevados son personas fanáticas y violentas y sus víctimas son seres apacibles y racionales, mientras que los asesinados por las milicias populares son inaparentes. El episodio clave es la escena del paraninfo de la Universidad de la que no se conservan actas sino solamente las versiones de los asistentes. Entre ellas ha prosperado el bárbaro y necrófilo «muera la inteligencia, viva la muerte» de Millán y la acusación directa de «venceréis pero no convenceréis» de Unamuno, frente a las más verosímiles de «muera la intelectualidad traidora» y «vencer no es convencer». Por eso, Millán y Unamuno salieron del paraninfo estrechándose la mano, pero en la película se omite este gesto de reconciliación.
Millán Astray es presentado como un ser fanático, brutal y ridículo, cuando tenía un buen nivel intelectual que le permitió tener soltura en francés y ser traductor de textos ingleses y no participó en el Alzamiento ni tuvo mando en los combates. También es un error presentar a los falangistas como ajenos a la cultura. Sus elites eran poetas e intelectuales y el joven catedrático falangista Bartolomé Aragón acompañó a Unamuno en sus últimos momentos.
De la personalidad de este «energúmeno español» decía Ortega «No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno». Puesto al servicio de las causas nobles combatió la dictadura de Primo de Rivera, apoyó la proclamación de la República, para luego aceptar el alzamiento frente a la anarquía con la consigna orteguiana de «No es esto, no es esto». Lo hizo con la honradez que le llevó a decir: «Yo no he traicionado a la República, la República me ha traicionado a mí». Pero el último vaivén de su vida fue deplorar la brutalidad de los sublevados para quedarse acogido solamente a su angustia, que llevó a morir, en palabras de Ortega, «de mal de España». Santiago Navajas describe acertadamente que «el hombre al que no le importaba pelearse con reyes y dictadores tuvo que ceder ante sus propias contradicciones, ante el peso de sus pasiones enfrentadas a la realidad». En el último poema escrito tres días antes de su muerte, la invoca como la amante que va a recoger su desánimo: «Vivir encadenado a la desgana / ¿es acaso vivir?».
Amenábar hace un buen retrato de Unamuno, algo sobrado de pajaritas de papel, en una película de muy buena calidad fílmica y un variable rigor documental, cuyo mayor interés es provocar la discusión sobre la guerra a través de la tragedia personal de nuestro gran filósofo. A tal debate intento colaborar con esta columna.