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Enrique Belda

LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Venezuela en el olvido

11/01/2022

Ya se ha cronificado en nuestro querido país hermano el desastre, consolidándose una escalada que es muy difícil atribuir a plutócratas, fuerzas externas o a simples delincuentes. Creo que han de importarnos todos los cadáveres venezolanos, tanto los de los líderes políticos opositores, como de los ciudadanos que caen por la violencia de los criminales comunes. El responsable del estado del país, una vez que han pasado veintitrés años desde que cambiaron aquella democracia insatisfactoria que decían tener, no es otro que su presidente, seguido por los millones de hombres y mujeres que le votan o le creen.
Ni el derecho ni la razón pueden en ocasiones explicar cómo los pueblos, o en este caso parte de ellos, se aferran a causas de dudosa legitimidad democrática como la que fundara Hugo Chávez, para superar las carencias sociales y la corrupción: es un hecho, y es razonable, que la gente harta apueste por quien sea, desde aventureros a dictadores, cuando quiere cambiar. Lo que la historia nos dice, y la de Venezuela lo certifica, es que los caminos de huida equivocados terminan siempre mal, incluso regresando a un punto de partida peor que el que se quería dejar.
El caso es que, con varios lustros de gobiernos del chavismo, que a diferencia de Cuba no han tenido el agobio de la indigencia en su gestión (más bien inmensos recursos para hacer la revolución), no hay excusa posible para su actual gobierno, la ciudadanía que todavía le apoya, y el coro de angelitos que ríen y silencian en el resto de América Latina (en Europa solo Zapatero ¿dormirá bien?). La condena al régimen dictatorial venezolano ha de ser una de las prioridades de la política internacional en el año que entra. Es una evidencia la ilegitimidad del gobierno, así como que unas elecciones no se pueden ganar en ese ambiente de violencia y presión.
El pluralismo político es la base para que una sociedad sea democrática y sus exigencias van más allá de que se coloquen unas urnas: sin libertad de expresión, de movimientos, de asociación, de reunión, sin ausencia de coacciones, sin respeto a la integridad física de los opositores, en fin, no puede hablarse de democracia. No hay ni libertad, ni seguridad, ni alimentos, ni papel higiénico, ni consuelo en la justicia corrupta y sectaria. Y desde luego, no hay vergüenza en las personas de otros países de la zona que quieren vivir en libertad y nos dan lecciones cada día de derechos humanos, pero que siguen mudos ante las violaciones en Venezuela o se empecinan justificándolas con argumentos que ya caducaron a principios de siglo, cuando se avaló la fundación de la nueva república bolivariana.