El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


En medio de la distopía

Sin duda todos hemos visto alguna película, o leído algún libro, cuyo argumento se basaba en la aparición de un virus letal y las peripecias para acabar con él. Otra variante es imaginar un mundo tras las secuelas devastadoras de una pandemia. Esta era la situación que recreaba Niccolò Ammaniti en su novela Anna, que trata el tema de la adolescencia en una Sicilia devastada por un virus, procedente de Bélgica, que tenía la particularidad de que sólo atacaba a los adultos. He de confesar que su lectura me generó momentos de agobio, y que más de una vez viene a mi memoria cuando veo las dramáticas noticias que llegan de Italia.
El drama, la tragedia que estamos viviendo estos días es que, de nuevo, la realidad, cruda, cruel, se impone a la imaginación. Nos encontramos ante un enemigo invisible, desconocido, que ha alterado nuestros hábitos, que ha desconfigurado los códigos con los que nos movíamos habitualmente. La distopía ha mostrado su capacidad de encarnación en la vida real. Sin duda, en el futuro, será el marco narrativo para la creación literaria, cinematográfica o artística, como tantas otras epidemias a lo largo de la historia de la Humanidad. Pero ahora su presencia oculta ha desmoronado el castillo de naipes que afanosamente construimos en nuestro día a día. Ya no hay seguridades ni certidumbres para la jornada de mañana. Todos nuestros planes, desde los más cotidianos y prosaicos hasta los especiales que aguardábamos con anhelo, se han visto anulados sin saber cuándo podremos volver a lo que creíamos normalidad.
De repente hemos de improvisar nuevas rutinas, nuevas ocupaciones, nuevas formas de emplear nuestro tiempo o afrontar nuestro trabajo. Los docentes hemos visto cómo las nuevas tecnologías nos ayudan a estar en contacto con nuestros alumnos, a los que empezamos a echar de menos en la frialdad de Internet; muchos profesionales están descubriendo el valor del teletrabajo, un modelo que quizá debería haberse implementado antes para facilitar la conciliación familiar o para ayudar a que nuestros pueblos no se vacíen; las parroquias, tras la supresión del culto público, han debido salir de la rutina cotidiana y se lanzan a la retransmisión de las celebraciones en YouTube e ingenian nuevos modos virtuales de llegar a los feligreses; vemos cómo deportistas de élite tienen que seguir sus entrenamientos a través de Internet. Y así podríamos hacer una larga enumeración. Las redes sociales se nos han hecho un compañero insustituible para relacionarnos con el exterior.
Algunas personas están sacando estos días lo peor de sí mismas, mostrando su verdadero rostro, mientras muchas extraen lo mejor, dando muestras de solidaridad, de entrega generosa, de olvido de sí. Nuestro agradecimiento a sanitarios, personal de servicio, policía, ejército, cajeras de supermercados, dependientes de pequeños comercios que siguen heroicamente abiertos…tantas y tantas personas entregadas.
Esta experiencia colectiva cambiará nuestra sociedad. Quiera Dios que sea a mejor. De nosotros depende.