EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Emociones tóxicas

08/09/2020

Somos un mix de lo racional y lo sentimental, que han de guardar una equilibrada relación, tanto en la persona como en la sociedad. Después de décadas de una cultura tradicional racionalista, hoy se tiende a resaltar lo emocional, según la sentencia de Spinoza: «No deseamos las cosas porque son buenas sino que son buenas porque las deseamos».
El equilibrio entre sentimiento e intelecto se lograría en un juego recíproco entre una razón que fuera capaz de provocar los impulsos y unas emociones que fueran capaces de moldear a la razón. Esta relación virtuosa fue muy bien expresada por Nietzsche en su aforismo «nuestros pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos». La importancia de los sentimientos y sus emociones lleva a concluir que en la vida no basta con conocer el bien y el mal, hay que desearlos o despreciarlos respectivamente.
Cuando el sentimiento carece de la guía de la razón, se convierte en sentimentalismo que es un exceso de emociones falsas y sensibleras. Este desequilibrio ha sido denunciada por Michel Lacroix  en  Le Culte de l’émotion (2001), denunciando a los gobiernos que  no tratan de hacer política con emoción, sino de hacer política de la emoción. Lacroix ha sido secundado por el británico Theodore Dalrymple en su cáustico libro El sentimentalismo tóxico (2016).
Las bases psicológicas de estos hechos, son el igualitarismo reinante que obliga a respetar todas las opiniones, estén o no bien argumentadas o justificadas. Este buenismo acrítico lleva a decir que la vehemencia con que se defiende una opinión es más importante que los conocimientos en que se basa.
En los programas televisivos del corazón, parece ser que lo más importante es que el protagonista tenga ‘autenticidad’ sin necesidad de que tenga verdad. Los héroes son quienes segregan adrenalina porque viven el riesgo, con independencia de que la causa sea tan idiota como hacerse un selfie llamativo. Con el sentimentalismo acrítico se logra que las personas no piensen, no reflexionen, no se hagan preguntas.
Para Dalrymple «el sentimentalismo se transforma en un mal social cuando va más allá de la esfera de lo personal», pero el poder construye una emoción pública hasta crear una comunidad de sentimientos, de la que es incorrecto y peligroso discrepar. El abuso del enfoque emocional en la política lleva al populismo, porque nada hay más fácil de excitar y manipular ante los problemas complejos que las emociones simples. Uno de los mayores fiascos de la sentimentalidad en procura de la gloria de Sánchez fue el desembarco del Open Arms en Valencia tratando de asear como humanitario lo que es un negocio mafioso. La compasión, tanto como el miedo del pueblo, son emociones muy rentables para el poder.
En nuestra actitud pasional, la derecha teme a la izquierda y la izquierda odia a la derecha, como sucede ante lo ‘bolivariano’ de lo que hemos de precavernos pues, en palabras del periodista colombiano Omar Rincón,  autor de Los telepresidentes: cerca del pueblo, lejos de la democracia, es «una democracia emocional para televidentes, no para ciudadanos».