Cristiandad

Javier Salazar Sanchís y María Ferrero Soler


Corregir al que yerra

06/09/2020

Sacar defectos a los demás es algo habitual, lo vemos y oímos en tantos medios de comunicación. Todo el mundo se pone verde. Lo que llamamos la ‘corrección fraterna’ nos parece como un ‘plus’.  Yo voy a conseguir mi santidad y el otro que haga lo que pueda, que ha tenido las mismas oportunidades que yo. Eso sería estupendo si esto fuera una competición y el que llega primero gana. Pero Dios no organiza olimpiadas. Cuando ves algo malo en tu esposo, esposa, hijo, vecino, padre, amigo,… lo fácil es callárselo, nos podemos justificar con que nosotros seríamos peores o en que son así de naturaleza; con eso guardaríamos un grato silencio y la vida le enseñará a comportarse .Eso sería estupendo si Dios no existiese, cada uno a sus uñas.
Pero Dios existe, juzgará en misericordia cada una de nuestras vidas, luego ¿puedo callarme? Si cuando ves algo malo en tu esposo, esposa, hijo, vecino, padre, amigo,… hasta en un desconocido y te callas, estás transigiendo con que se aleje de Dios y se condene. ¡Pero lo hace todo el mundo! Dios no te va a pedir cuentas por todo el mundo, te pedirá cuenta por tu vida.
Trae hoy hasta nosotros San Mateo la doctrina de Cristo acerca de la corrección fraterna. Es tan importante la denominación de origen (‘fraterna’) en esta obra de caridad, que marca por sí misma la diferencia entre pecado y virtud. Muchas veces corregimos, pero lo hacemos cuando no está ante nosotros la persona a quien se dirige la corrección. Aún cuando nuestras palabras estén cargadas de razón (y no siempre lo están) este tipo de corrección no es ‘fraterna’: su nombre es ‘murmuración’, y, puestos a llamar a las cosas por su nombre, es un pecado. Otras veces corregimos delante de la persona interesada, y de otros cinco o seis más: a este tipo de corrección, que dista mucho de ser ‘fraterna’ se le llama ‘poner en evidencia’, y, se mire por donde se mire, es también un pecado. Afinemos un poco más: en muchas ocasiones corregimos en privado a quien yerra; pero la corrección no nace del cariño, sino del despecho y la ira, y por eso corregimos con malos modos y humillamos a quien debiéramos ayudar. Esta corrección tampoco es ‘fraterna’; más bien se llama ‘bronca’ y tiene como finalidad arrojar sobre el prójimo el peso de un sufrimiento cuya causa le atribuimos. Es un pecado.
¿Callaremos los pecados de nuestro hermano y él deberá callar los nuestros? No, claro. Lo miraremos a él y él nos mirará a nosotros con ojos de Dios. Nunca para condenarle a bombo y platillo. Primero, repréndelo a solas entre los dos. Le salvarás si te hace caso, mientras que si fuiste de primeras con condena y publicidad, se volverá recalcitrante en su pecado. Somos siempre maestros de la autojustificación. Mas la reprensión a solas -¿te atreverás?, ¿me atreveré?, es tan fácil la acusación pública a los gritos- abre el camino de la conversión. Si no te hace caso -si no le haces caso-, recurre a dos o tres testigos, pero no actúes nunca a los gritos; eso nunca resuelve nada. Si no hace caso siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Cabe la conversión. Cabe el perdón. Pero no cabe el encubrimiento. El encubrimiento, más allá de la corrección fraterna, es participación en el pecado del otro. Y esto nunca es camino de Dios. Pues también podemos ser concreadores del mal, sus cómplices. La verdad os hará libres.
Es realmente necesario que tengamos el convencimiento de que necesitamos (¡urgentemente!) que nos corrijan: alguien (un director espiritual, un sacerdote, un amigo en el que verdaderamente confiamos…) que nos recuerde, o nos anime, a avanzar en nuestra vida interior. Quizás muchos nos encontremos indignos de semejante tarea, e incluso nos digan, como a Jesús, palabras del tipo: «Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti». Sin embargo, no se trata de convertirnos en taumaturgos que, por nuestro encanto personal, hechicemos a la gente para que nos crean, sino que todos, al fin y al cabo, hechos de la «misma pasta», necesitamos que nos digan, una vez más, que «el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Es curioso observar, en nuestros ambientes, cómo una de las cosas que se han perdido son las que denominan de ‘sentido común’, y, verdaderamente, ¡cómo extrañamos en ocasiones las palabras sencillas de aquellos catecismos que nos hacían aprender de memoria la doctrina cristiana! Y no es que por aprender uno, viva más coherentemente su fe, sino que Dios nos ha dado el entendimiento para que sea verdadero instrumento suyo. Por eso, al ser tan olvidadizos en cuestiones esenciales, lo que se ha aprendido de verdad, y queda en la memoria, siempre será bueno para que, una vez recordado, lo pongamos en práctica.
La verdadera corrección fraterna nace de la caridad, y del deseo de ayudar a nuestro prójimo a alcanzar la santidad. Nunca se realiza en un momento de ira. Se corrige entonces de tal modo, que el hermano siente, a la vez que la punzada de la verdad, el bálsamo del cariño. Va siempre acompañada de oración y sacrificios en favor de la persona corregida, y, en la mayor parte de las ocasiones, surge a la luz de una sonrisa.
Que nadie se tome este artículo como una ‘corrección fraterna’, pero, ¡cuánto le agradezco a mi director espiritual cuando me dice, de vez en cuando, que he ‘metido la pata’!
Cuando vayas a corregir a tu hermano, recuerda siempre que la Madre de ambos (Nuestra Señora) está presente, y habla de tal modo que no vayas a merecer tú luego su corrección. Así sabrás que has corregido «con denominación de origen».