Macondo

María Ángeles Santos


Vuelta al pueblo...por Navidad

A fuerza de verlo año tras año, desde que tengo memoria, identifico claramente el producto que se anuncia indefectiblemente por estas fechas. El de la vuelta a casa por Navidad, con sus dosis de azúcar casi tan altas como lo que vende. Que no necesita aclaración. Sin embargo, y por mucho que lo pienso, no recuerdo qué hay detrás de un spot que he visto una docena de veces durante los últimos días, y que es una versión actualizada o modernizada del clásico de los turrones.

Tiene dos versiones. En la primera, dos ancianos en una pequeña mesa camilla, uno frente a otro, en un escenario de tonos grises y compartiendo una sopa o algo así. En la siguiente escena, ya en colores, la mesa se alarga y se llena de gente, de niños y de todo tipo de viandas. La segunda versión, similar, nos muestra a los abuelos en la misma mesa, viendo la tele, y al instante, con la tele apagada, un salón lleno de regalos, de zambombas y panderetas. De compañías frente a las soledades.

Todos los ingredientes para imaginar la típica casa de pueblo despoblado, en la que sólo viven los abuelos todo el año hasta que, por Navidades, o en verano, alguien se acuerda de que ahí hubo vida, hubo fuego, y quedan rescoldos. A punto de convertirse en cenizas, eso sí.

Loas pueblos tienen una 'florecilla' por Navidades. Efímera. Flor de un día y eso, mientras aún queda alguien a quien visitar, algo que, por ley de vida, se acaba.  Mientras haya quien ocupe la mesa camilla, habrá posibilidades de alargarla, aunque sea por tiempo definido. Pero habrá pueblo.

Soy de las que vuelve al pueblo por Navidad. Y siempre que puedo. De las que echa en falta cada vez a más gente,  de las que le duele cada cartel de “se vende” en casas antaño ocupadas, y de las que recuerda tiempos gloriosos, cuando éramos tantos… Y de las que no se resigna a que el tema de la despoblación sea de los que siempre está sobre la mesa, pero que nunca se aborda en condiciones. Es como la Navidad, unos días de atención… Y a otra cosa.

Los pueblos deberían ser la niña bonita de cualquier Gobierno medianamente inteligente. De cualquiera que hiciese cuentas para concluir que el 80% del Patrimonio Cultural del conjunto del Estado se encuentra en zonas rurales. Y me refiero  a patrimonio arqueológico, histórico-artístico, natural, industrial, eclesiástico, civil. Patrimonio material e inmaterial. Y por supuesto, el 100% de nuestro Patrimonio Natural.

Y a pesar de todo, los datos son sangrantes, de los que duelen en el cuerpo y en el alma. Más de 4.000 municipios españoles sufren problemas de despoblación y 1.840 localidades ya están consideradas en riesgo de extinción.  Habrá que darle las gracias a quienes decidieron cerrar consultorios y escuelas, hacer cada vez más mínima, hasta extinguirla, la oferta sanitaria, educativa, etc., muy centrada en los grandes espacios, pero tan cruel con las pequeñas poblaciones. Por no hablar de cortar de raíz líneas de transporte público, “olvidarse” de las infraestructuras y hasta de las conexiones telefónicas en la era de Internet.

Quiero volver al pueblo por Navidad, al pueblo,  no a un mero contenedor de personas mayores, a la espera de que fallezca el último habitante, o sus hijos decidan llevarlo a la ciudad. Ya hay situaciones irreversibles. Pero aún estamos a tiempo de reclamar actuaciones que hagan la vida más fácil a quienes por elección o por obligación viven en el mundo rural y, sobre todo, que hagan atractivos nuestros pueblos.

Hablar de 'repoblación' es tal vez una quimera. Pero tan hermosa como soñar con Macondo. O con la magia de la Navidad.