Querencias

Miguel Ángel Sánchez


El puente del Conde

En el pretil una bandera de España. Ajada. El agua verde. Espesa. Esmeralda. Camino entre las piedras, el granito, la arena, el desguace de sesenta años bajo el agua del embalse. Calor, bochorno, ha llovido esta mañana, pero la humedad me hace sudar. A chorros. Rafa me dice que mire arriba. Una piara de “jabalinis” trepa por la barrera de cuarzo y cornicabra. Me paro. Resbalo. Estoy a punto de caerme por un extraplomo de treinta o cuarenta metros. Freno a tiempo. Contemplo el paisaje. El Tajo sale al valle hacia poniente. El sol brilla. El agua escasa de Valdecañas refleja el aire zarco de la tarde. Y el agua de ovas, espesa de algas y mierda, refleja un atardecer perfecto.

El camino no iba por aquí. Pero da igual. Arriba, sobre la barrera que cae al Tajo, de donde salen los aviones roqueros, se atrincheran los restos de un campamento romano. Peñaflor y el rosario de tumbas más atrás. El camino ya lo he perdido, pero da igual. No hay otra que cruzar los berrocales, los refugios de gatos monteses y búhos reales, nutrias y barbos de invierno. Recuerdo las sequías de los ochenta en el Cijara, los trilobites, y fósiles, y restos de barcas y chozos en las orillas descarnadas. Esto es igual. Pero mis piernas no son las mismas, treinta o cuarenta años después.

Llego al puente del Conde. Miguel y Rafa me esperan. El embalse de Valdecañas ha dado una tregua y el venerable puente del Conde emerge un par de metros sobre el líquido putrefacto. Desde febrero de 1968 el agua no estaba tan baja. La fábrica del XV o del XVI emerge encalada del verde fulgurante de las algas. Pensaba meterme en el agua del Tajo y observarlo de cerca. Tocarlo. Pero me da asco. Mucho. Recuerdo las fotos de los años anteriores a Valdecañas, a la presa, a la inundación de todo un mundo, al destrozo de un paisaje, de un modo de vivir, de un río magnífico, el Tajo, hoy convertido en fantasma y despojo.

Observo el puente desde la orilla. Pasan dos alimoches, perfectos, y giran y giran hasta que me dejan observarlos con tranquilidad. Dos chavales pescan sobre una barca junto al puente. Sacan un siluro de un metro o más. Ya no hay ninfas en el Tajo, ni barbos, ni anguilas, ni reflejos de oro en la corriente. No queda nada. A veces debo parar la cabeza, todo lo perdido, lo que debería estar aquí, lo que falta, lo que debería ser… todo, su ausencia, me hace daño. Y debo parar. No pensar. No analizar. Irme como los vencejos reales, como los alimoches, sobre el viento de oeste, quedarme en los viejos mapas topográficos, en los vuelos americanos de los años cuarenta y cincuenta…

Sobre el pretil del puente del Conde onda una bandera de España. Ajada y gastada. Como este Tajo que no existe ya. Sólo en las fotos en blanco y negro, en los mapas antiguos. Y en mi cabeza.