BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Los libros de texto: negocio, ideología y adoctrinamiento

Uno de los grandes escándalos de nuestros días en España es sin duda el de los libros de texto. Hubo una época en que los manuales se pasaban de hermano a hermano, hasta que al final quedaban como reliquia familiar, por más que el último en utilizarlos, si los hermanos mayores no eran muy cuidadosos, tuviera que arrostrar las penas de tener que ir a clase todo el curso con el libro destrozado como una baraja.
 Recuerdo con verdadera añoranza a un profesor de química que tuve en la academia donde estudié en Hellín, que te seducía viendo la delicadeza, el esmero y el cariño con que pasaba las hojas satinadas del manual. Aquello sólo creaba escuela.
 Yo conservo como oro en paño los libros de texto con que estudié y con los que enseñé, e incluso he tenido la paciencia de hacerme, en librerías de lance, con los que, por diversas causas del destino, se me extraviaron o presté y no me devolvieron. No eran profusos en imágenes, pero su contenido era de una riqueza y una pulcritud notables, excepción hecha de los consabidos manuales de ‘formación del espíritu nacional’ o ‘política’, hechos para adoctrinar a los estudiantes por el régimen de Franco.
 Con el tiempo, el descaro se fue imponiendo, y los manuales y libros de texto se convirtieron en un puro negocio para libreros e incluso para profesores avispados, en connivencia con las autoridades académicas, cambiándolos cada tres por dos, con la consiguiente indignación de las familias, que no entendían aquella locura. La excusa siempre era la misma: que los nuevos se adaptaban mejor a los nuevos tiempos desde el punto de vista metodológico, cuando lo que muchas veces hacían era mezclar contenidos con un descaro inaudito. Eso tuve ocasión de verlo con los métodos de inglés, donde, excepción hecha de los dibujos y fotografías, los contenidos prácticamente eran idénticos. Conozco a profesores que, especializados en esta triquiñuela y conchabados con determinadas editoriales, se hicieron ricos.
 Y luego, para colmo, llegaron las autonomías, la cesión por parte del Gobierno central de las competencias en materia educativa, y ahí nos las dieron todas, hasta alcanzar el escándalo del que ya las propias editoriales, que durante tiempo, como decía, les siguieron el juego, se lamentan hoy día, por la inverecundia con que determinadas regiones actúan. Pasamos, casi sin darnos cuenta, del negocio al adoctrinamiento, sobre todo en materias como geografía, historia o incluso literatura. El grado de encanallamiento con que muchas autonomías están actuando será sin duda motivo de estudio de futuras tesis doctorales. El error histórico que supuso la cesión de las competencias educativas lo estamos pagando con creces: en una época en que se debería poner el acento en la visión europea e incluso mundial de las cosas, unos cuantos consejeros ‘patrioteros’, con una visión de vuelo gallináceo, se empeñan en volver al terruño. Los catalanes se llevan en este ejercicio mutilante la palma, llegando incluso a sustraer de sus libros de historia la presencia de los Reyes Católicos (ahí les duele). La manipulación está alcanzando extremos inauditos que oscilan entre la estulticia y la mala fe. Pero ya se sabe aquello de que una simple piedra puede provocar un alud y aquí hace tiempo que nos debatimos en pleno mito de la torre de Babel, de tal modo que llegará el día en que los españoles no nos conozcamos, si no es que ha llegado ya ese día. La obsesión por el adoctrinamiento iniciada en Cataluña y Euskadi es como un veneno contagioso. Ahora las editoriales se quejan de verse convertidas en muñecas del pin pan pun con las consiguientes mermas de beneficios, pero ya se sabe aquel dicho de «entre  todos la mataron y ella sola se murió».  Aunque también hay otro refrán que dice que «A grandes males, grandes remedios». Alguien los verá.