La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Ser negro y volar

Evaristo es un chaval de instituto que siempre ha sido alto para su edad y, tal vez por eso, es devoto del baloncesto. Un día a una profesora de no recuerdo qué asignatura le dio por preguntar a toda la clase que qué deseaban ser en la vida. Evaristo lo tiene claro y así lo dijo: él quiere ser negro. A mí la respuesta me parece de lo más natural. La próxima vez que pase por una cancha póngase debajo del aro de una canasta y mire hacia arriba, luego retroceda cinco o seis metros, y piense que un jugador profesional de la NBA puede saltar esa distancia y machacar a una mano.
La NBA es una religión como tantas otras. Nace con uno, se convierte en pasión, y los más fervorosos se transforman en apóstoles que la diseminan en su entorno. Nadie me ha sabido explicar cómo es posible si no que un crío que no ha salido de El Puente del Arzobispo sienta que es de Los Ángeles Lakers. En los ochenta se era de los Lakers o de los Celtics; de Magic Johnson o de Larry Bird; de Kareem Abdul-Jabbar o de Kevin McHale; del Oeste o del Este; de los negros o de los blancos. Los Celtics eran anotadores, los Lakers hacían magia. Luego apareció el fenómeno Michael Jordan y muchos traicionamos al club angelino, y colgamos un poster del hombre que podía volar gracias a unas zapatillas de Nike en la pared de nuestras habitaciones de estudiantes. Entonces, cuando creíamos que los Lakers no nos darían más alegrías, se juntaron Kobe Bryant y Pau Gasol, el negro y el blanco. Kobe era el regreso de los grandes tiempos de los ochenta, era el tiro de Larry Bird, el control de Magic Johnson, y saltaba casi tan alto como Air Jordan. Él solo era todo un equipo, un rompedor de estadísticas que siempre sabía dónde estaba el aro contrario. Y muchos volvimos a sentir ese fuego interior que te dice que sólo por una aleatoria combinación de genes te has quedado a un paso de ser negro, y que sólo por casualidad no has nacido en Los Ángeles. 
Los dioses clásicos eran unos envidiosos terribles. A quien llevaba el fuego a los hombres le enviaban un águila que le sacase los hígados; a quien volaba le fundían las alas y arrojaban a tierra. Sin duda sigue habiendo dioses celosos, incapaces de tirar a Kobe al suelo cuando recorría con un planeo suave los metros que a usted le parecen insalvables; dioses que aprovecharon que Kobe estaba retirado para vengarse. Con perfidia, cuando cruzaba el cielo sin la propulsión de sus piernas.