La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Rutger Hauer

El otro día se murió Rutger Hauer. «¿Te has enterado? Se ha muerto Rutger Hauer», me dijo mi mujer. «Ya», le contesté. «¿Sabes que se ha muerto Rutger Hauer?», me dijo un amigo. «Sí», le contesté. Al tercero que me vino con la noticia le despaché con algo parecido. Tanto escribir de famosos muertos que parece que no puedo dejar que se vaya uno sin dedicarle una columna de despedida. Rutger Hauer no era de mi agrado. Tengo un problema con los holandeses. No soy de salsa holandesa, ni de corsarios holandeses, ni me emocionan su mantequilla, zuecos o molinos de viento o sus bicicletas arrojadas a los canales. Ni siquiera le veo la gracia a Tom Holland, que es americano. Ese es el primer punto por el que no me caía bien Rutger Hauer. También está lo de los ojos azules, el pelo abundante y rubio de un dios, la estatura, y todos los años en los que paseó ese cuerpo cincelado en mármol por las televisiones. 
Que fuera holandés y guapo no es suficiente para explicar mi aversión. Está lo de Lady Halcón, la película en la que él era un caballero que al caer el sol se convertía en lobo, y Michelle Pfeiffer era un par de ojos inmensos bajo una capucha que se transformaba en halcón con el primer rayo de sol, y de ese modo, lobo y ave, no podían consumar su amor; pero todas las noches la princesa Isabó-Pfeiffer sujetaba la cabeza del lobo en su regazo y le acariciaba el pelaje. Holandés, guapo, toqueteado por la Pfeiffer son bastantes motivos para el odio. Aún podría añadir la cantidad de películas infumables en las que trabajó, mostrando que sería buen actor y guapo y sobado por mi amor platónico de juventud, pero no tenía ni idea de seleccionar un guion. 
Casi todo lo anterior se lo podría perdonar, pero no lo de Blade Runner. Yo sólo tenía dieciséis años cuando me metí en aquel cuartucho del instituto en el que Faraldo había montado un cineclub. Las persianas bajadas, las luces apagadas, la presentación breve de lo que íbamos a ver en una pantalla pequeña y enrollable. Rutger Hauer era un androide perfecto y con ansias de supervivencia; Harrison Ford era un policía encargado de retirarlo de la calle. Y Rutger Hauer cometió el mayor de los crímenes que a Lmis ojos se pueden cometer, y llevó a cabo la mejor muerte del cine en la mejor película que yo he visto, y antes de morirse soltó un discurso que había escrito en el camerino. Yo sólo tenía dieciséis años, y desde ese día he esperado en vano ver otra película así, otro final así; y he sido incapaz de escribir cuatro frases así, como las que escribió el maldito Rutger Hauer.