Tente Nublao

Ángel Monterrubio


Faustino, el de los Trébedes

Faustino, el de los Trébedes, pidió prestados mil duros a la señora María, la del Bar 501, para probar suerte por Bilbao. Faustino vivía con sus abuelos maternos desde que murió su madre y el padre tomó las de Villadiego. No tenía oficio ni beneficio, terminó el bachillerato a trompicones y no le apetecía nada seguir estudiando ni tampoco ponerse a trabajar. En realidad, él quería ser guitarrista profesional de un conjunto músico-vocal famoso. Todo, porque rasgueaba medianamente el instrumento después de dar clases con el señor Barrasa un par de años y porque había actuado, con relativo éxito, en tres o cuatro ocasiones en los bailes para sacar fondos para la excursión de fin de curso del instituto en la Montearagueña y el Hotel Talavera. Eligió Bilbao como pudo elegir Gerona o Castellón de la Plana.
Como Faustino, el de los Trébedes, tenía buena labia, explotaba la orfandad y no era mala gente y la señora María, la del Bar 501, tenía el corazón sensible y más grande que la bola del Palenque le dejó los mil duros y otros mil para que no anduviera escaso y cubriera imprevistos.  
Faustino, el de los Trébedes, pilló los dos mil duros, la mochila y la guitarra e hizo el viaje a dedo. En Bilbao la oportunidad no se le presentó, aunque la persiguió seis meses; cantó en la calle Botica Vieja como músico callejero, pero aquello no le daba ni para tabaco; para pagarse la pensión y comer gratis se colocó de camarero por las tardes -noches en un bar de la calle del Perro. Aquello no era vida, así que hizo el petate y se volvió en autoestop para Talavera.
A la altura de Miranda de Ebro el coche se salió en una curva dando vueltas de campana y Faustino, el de los Trébedes, se rompió tres costillas. En el hospital de Miranda estuvo una semana. Y lo que son las cosas, allí se enamoró de la hija de su compañero de habitación que operaban de apendicitis, allí se puso a trabajar en la fábrica de quesos del que sería (valga el homógrafo) su suegro y allí echo las raíces. Y allí me cuenta, comiendo en Carbón Restaurante, que ya no toca la guitarra ni en los cumpleaños, que la quesería va viento en popa y que la vida pasa como un suspiro. ¡Ah!, y que devolvió las perras a la señora María con un buen regalo.



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