El Miradero

Francisco Javier Díaz Revorio


Libros de mi vida: Luces de Bohemia

Inicio esta nueva ‘miniserie’ de ‘Miraderos’, a la que, como a todas las demás, iré dando continuidad ‘a salto de mata’. Y lo hago porque, casi al vuelo, he captado la breve noticia de que este año se cumple el centenario de esta obra maestra de Valle-Inclán... y mi mente se ha llenado de recuerdos. No sé si mi generación leía mucho más, pero recuerdo perfectamente haber dedicado buena parte de mi infancia y adolescencia a la lectura de tantas y tantas obras que estudiábamos en el colegio. Muy pronto me aficioné a casi todos los escritores de la Generación del 98. Recuerdo -y conservo- esas buenas y económicas ediciones de Cátedra o de Austral. ‘Luces de Bohemia’ lo leí en esta última editorial. Varias veces. Y desde luego me marcó. Recuerdo literalmente tantas de sus frases (y a los profesores que nos las explicaban, en este caso especialmente a mi añorado Luis Lorente). Nacía el esperpento, inspirado en las deformaciones que provocaban los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Reflejado y definido por el propio escritor gallego, en las conversaciones entre Max Estrella y Latino de Híspalis: «Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada…».
La idea era, pues, la deformación de la realidad, de esa realidad trágica que le tocó durante tanto tiempo vivir a España: «Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España». Lo grotesco como idea y como forma, que daba lugar a una manera de expresarse que no podía sino sorprender e impactar a aquel niño que se iniciaba en la lectura de don Ramón María. Las conversaciones te atrapaban desde el primer momento, hasta el punto de llegar de algún modo a ‘habitar’ las calles, callejones y lugares de aquel Madrid bohemio, imposible y ya desaparecido en aquellos años 80 del siglo XX, pero cuya huella estaba y está presente. Aquel joven lector crecía en una España que iniciaba en todos los sentidos su mayor desarrollo de toda la Edad Contemporánea, que lograba dejar atrás todas sus pesadillas y todas sus tragedias, y que se disponía a conquistar la modernidad, a imponer la razón sobre la superstición (nuestra Ilustración no había sido lo que fue en otros lugares), a superar de una vez nuestros fantasmas y nuestro fatalismo. Y sin embargo… ahí estaba todavía el esperpento, pisándonos los talones, como una realidad nunca del todo ajena, nunca del todo superada. Valle-Inclán lo supo plasmar como nadie, dejando la mejor radiografía de esa España trágica. Así que solo me queda cerrar este pequeño homenaje diciendo a este gran autor: ‘Eres genial. ¡Me quito el cráneo!’.