El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Frente a la Fontana di Trevi

15/01/2020

Fría noche romana. Son las diez  y apenas quedan turistas alrededor, mayormente parejas que no quieren marchar de la Urbe sin la foto romántica ni dejar de arrojar la moneda. Estoy sentado, contemplando, absorto, una vez más, tanta belleza. La de la Fontana di Trevi.  La perfecta conjunción entre arquitectura y escultura, con el imponente Océano, obra de Pietro Bracci, que parece salir del Palacio Poli para dominar las aguas desde su carroza en forma de concha, guiada por dos tritones que al mismo tiempo tratan de domar sendos hipocampos, se ve resaltada por la iluminación, que destaca su perfección en la oscuridad nocturna de Roma. La luz, reflejándose sobre las agitadas aguas, produce efectos maravillosos sobre la piedra, resplandecientemente blanca tras la última restauración.
El rumor del agua que emerge y rompe contra el travertino invita al sosiego, a la paz, a la tranquilidad del alma tras un intenso día de trabajo. Es admirable la capacidad del ser humano de crear belleza. Y, sin embargo, esta experiencia, que debería ser la habitual ante tal hermosura, es extraña en este lugar. Lo normal aquí son las multitudes que, apresuradas, tras tirar la moneda e inmortalizarse con un rápido selfie, siguen su loca carrera por las calles y monumentos de la Ciudad Eterna. No puedo menos que preguntarme si este modelo de turismo, que es el que se impone en Roma, en París, en Florencia…en Toledo, ayuda al viajero a descubrir lo bello del lugar y a las ciudades a mantener su patrimonio de modo sostenible.
No soy de los que creen que viajar debe ser un privilegio de unos pocos. Todo lo contrario. Pienso que la facilidad que los medios de transporte nos ofrecen, y a precios cada vez más económicos, de recorrer el mundo, es algo francamente positivo, que ha democratizado y extendido la posibilidad de viajar, de conocer otros lugares y culturas, de enriquecer el espíritu con la contemplación de paisajes, ciudades, monumentos, obras de arte. Viajar nos puede humanizar, elevar el alma, pero cabe preguntarse ¿el modelo que se está imponiendo ayuda a esto? No es necesario venir a Roma para comprobar cómo nuestras ciudades están saturadas con un modelo turístico que me parece cuestionable. Basta tratar de cruzar la calle Hombre de Palo a media mañana, invadida por grupos presurosos que apenas se detienen a hacer fotos, para descubrir que esto no es sostenible a largo plazo. ¿Qué conocimiento del arte, la historia, la cultura, de una ciudad o un país,  puede tenerse con estas visitas fugaces? ¿Vale la pena ‘ver’ la catedral en una hora, porque en la siguiente hay que estar en Santo Tomé, alguna sinagoga y San Juan de los Reyes, además de poder comprar algo de artesanía local, si puede ser barata mejor?
Toledo, como otras ciudades históricas, necesita urgentemente un planteamiento serio sobre qué tipo de turismo quiere. Sin dilación.