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José María San Román Cutanda

A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


El valor de sus recuerdos

27/09/2021

Ella ha sido siempre una mujer de bandera. Mucho más allá de su belleza física, de sus ojos teñidos del azul de Rubén Darío y de su melena rubia infinita, su vivacidad y su temple, su gran corazón y su generosidad tan propia de las madres y las abuelas han sido sus rasgos más característicos. Con un matrimonio de casi cincuenta años en su haber, y a pesar de las no pocas de las dificultades propias de una familia de nueve hijos y de ver morir muy pequeña a una de ellas, su carácter y su fuerza nunca se agotaban.
Cuando murió su marido, todo cambió. Aunque siguió haciendo su vida, lo cierto es que en su mirada se leían muy nítidas palabras escritas de soledad, de nostalgia, de la tristeza de no poder haber compartido un tiempo cuyos planes se desvanecieron demasiado pronto. Hacía su vida y todo iba bien hasta aquel día en el que algo cambió. Quiso hacer uso de un recuerdo relativamente frecuente, propio de su vida normal, pero le costaba encontrarlo. Parecía que se hubiese volatilizado, a pesar de que, después de un rato, volviese a formar parte de su memoria. Cuando solo ocurre una vez, o dos, o incluso tres, el propio instinto de supervivencia lo achaca al estrés, al mal descanso o, sencillamente, a una falta de concentración dentro lo normal.
El tiempo fue acentuando esos pequeños despistes, y los fue convirtiendo en descuidos habituales: un número que se olvida, una comida que no recordaba haber hecho, una palabra que se hace imposible de recordar o una pastilla sin tomar. A partir de ciertas edades, esta disfunción se asocia al natural envejecimiento humano. Pero cuando sobrepasa el límite de lo comprensible para una persona mayor, empiezan los médicos, los test de memoria, los ejercicios de mantenimiento e, incluso, el intento de parar el proceso con medicación. En esta fase temprana de la pérdida de la memoria, quien la pierde paulatinamente sufre porque se da cuenta de aquello que funcionaba y ahora se adormece día tras día. Es un sufrimiento, creo yo, en el que destaca la batalla contra uno mismo, el mirarse a un espejo intelectual y prometerse a sí mismo que nunca se olvidará de quién es. No sé en los casos de los demás, pero en el suyo ha sido, quizá, la fase más larga, a la que ella, en concreto, respondió con una reacción que puede resultar inusual, pero que a su vez está colmada hasta la última gota de una envidiable sinceridad: «Dios mío, que no se me olvide rezar».
No es nada fácil para la familia dar el paso de tener que contratar a una persona interna que, junto con sus hijos, les ayude y esté pendiente de ella las veinticuatro horas del día. Y no es fácil porque el enfermo quizá sabe lo que pasa, pero tampoco es fácil para la familia, que ve en ese gesto el comienzo de una última etapa. Y lo que es más difícil a veces: ver con cierta nitidez que los hijos empiezan a ser padres y los padres empiezan a ser hijos. ¡Qué dura es la primera línea de batalla! En mi caso, esta etapa se solapó demasiado deprisa con la siguiente. Una tarde cualquiera de hace más o menos dos años, visitándola, entendí perfectamente que ella ya no estaba ahí como hasta ahora. Hasta aquel momento, era muy habitual que confundiese los nombres de sus nietos y tardase tres, cuatro o cinco intentos en lograr adivinar nuestro nombre, lo cual abordamos siempre con paciencia y algo de humor para hacerlo más llevadero. Aquella tarde, me miró a los ojos y, con rostro entrañable, me dijo: «No sé quién eres, pero sé que te quiero mucho».
Y, a partir de ahí, vino el declive final. Un declive que, en su caso, tiene como causa un deterioro cognitivo severo, pero que al menos le permite recordar los mecanismos básicos que hacen funcionar sus funciones vitales. Ahora, ella no nos reconoce como tales hijos y nietos. Ya no recuerda nuestros nombres. Lo que sí es cierto es que algo en su interior le hace comprender nuestro amor por ella, porque sigue sonriendo cada vez que nos mira. Dentro de sus posibilidades, que en el aspecto del habla no se han mermado, nos ofrece siempre palabras de cariño, aunque también tenga días algo más agitados de carácter. En una ocasión, una persona que sabía de estos temas me dijo que la memoria emocional está en una capa del cerebro más profunda que la que ocupan otros aspectos. En cualquier caso, y para nuestra desgracia, ya no es la mujer titánica que conocí en mi niñez, esa que protagoniza tantos y tantos recuerdos felices. Sigue siendo la misma. Y para mí no ha perdido ni un ápice de cuantos sentimientos, recuerdos y agradecimientos me unen a ella. Tan solo -si es que ‘tan solo’ puede ser la expresión más adecuada, que ni de lejos- ha pasado a otra fase en la que a mí y a los míos nos toca devolverle todo el cariño que hemos recibido de ella. Estoy más que seguro de que se da cuenta, aunque no sepa responder como lo hacía antes.
Etimológicamente, recordar significa ‘pasar de nuevo por el corazón’. Los latinos fueron inteligentes con esta palabra, porque acudieron al sentir como muestra más profunda del pensamiento humano para acuñarla. Quizá ella no recuerde qué ha comido, ni dónde está exactamente, ni los nombres de sus hijos y sus nietos, pero recuerda perfectamente que hay mucha gente que la quiere, que la cuida y que la hace sentir tranquila, siendo esto último casi lo más importante como medicina para su consabida vulnerabilidad. Su fuerza ha sido y es la de todos nosotros, la de quienes la llevamos en el corazón porque corre con fuerza por nuestras venas. Porque, todavía hoy, que sigue uniendo a sus hijos y a sus nietos aunque ya no sea ella quien organiza la fiesta, es la protagonista de una historia a contrarreloj contra sí misma en la que estamos todos detrás para ayudarla a seguir.
No tiene ningún sentido el planteamiento que tienen algunas personas ante las enfermedades mentales y de la memoria cuando directamente relegan a su pariente a una categoría mínima solo porque no entienden lo que pasa. Es absolutamente necesario investigar y trabajar muy concienzudamente en estas enfermedades, intentar buscar curas o, al menos, formas de detenerlas. Necesitamos investigadores serios que se dediquen por entero a estas tareas. El pasado día veintiuno de septiembre se conmemoraba el Día Mundial del Alzheimer, que yo extiendo a cualesquiera enfermedades que afectan a la memoria, a la conciencia y a la voluntad. Una fecha que debe servir, sobre todo, para recordarnos que necesitamos conciencia social sobre este problema, porque muchas veces consideramos que son personas que ya no tienen más solución que el destierro, cuando no es así. Es verdad que las circunstancias cambian, pero la persona sigue siendo exactamente la misma y sigue teniendo los mismos derechos y las mismas necesidades básicas. Yo, al menos, procuro estar con ella todo el tiempo que puedo. Y tengo muy claro que hay que luchar contra aquello que borra sus recuerdos, porque también en ellos estamos todos y cada uno de los familiares de las personas que sufren enfermedades tan tristes. En el valor de sus recuerdos está su propia vida, pero también las nuestras, que no serían iguales sin ellos. Ella, la protagonista de esta historia, tiene 92 años, es mi abuela y creo que merece que su nieto atesore sus recuerdos. Ya no podrá entender estas líneas, pero yo habré conseguido mi propósito: que usted, amigo lector, valore el recuerdo de mi abuela y la grabe en su propio recuerdo.