Tente Nublao

Ángel Monterrubio


La mujer forzuda

Quince días antes empapelaron la ciudad con la propaganda: «La mujer más fuerte del mundo visita Talavera después de recorrer y levantar la admiración en toda España. Linda Baker. La mujer de hierro. Un espectáculo nunca visto. Plaza de toros, día 10 de julio a las 8 de la tarde». En los corrillos y mentideros no se hablaba de otra cosa más que de Linda Baker. Los últimos tres días antes del evento una DKW con altavoces anunciaba incansable que la mujer forzuda levantaría pesos increíbles, que doblaría barras de hierro como si fueran de mantequilla, que se enfrentaría en lucha libre a una docena de hombres fornidos, que arrastraría un camión Avia de 5.000 kilos, gentilmente cedido para la ocasión por el concesionario de Vidal y Camacho y que, como traca final, dominaría dos potentes motos, atadas cada una con una soga a cada brazo. Los representantes de la mujer forzuda buscaron dos buenos motoristas en Talavera, aceptaron la propuesta Vitorio, El Reforzao y Antonio, El Chaqueta, ambos tenían dos MV Augusta 235 Tevere recién estrenadas. La cosa era sencilla: tendrían que dar tres o cuatro vueltas al ruedo, después se atarían las maromas a las motos y a la mujer forzuda y a la señal del encargado, con la primera marcha metida, acelerarían sincronizados en dirección contraria.
La plaza de toros se puso a reventar, no cabía ni un alfiler. Expectación absoluta.  A las ocho en punto apareció Linda Baker por la puerta de cuadrillas, anunciada por el espiquer entre grandes aplausos y alboroto. Alta, fuerte, con la melena negra y rizada suelta, embutida en un bañador atigrado que dejaba sus piernas y sus brazos al aire, zapatillas de boxeador... Imponente.
Levantó pesas, dobló hierros, dio guantadas de todos los colores a la docena de espárrines, echó pulsos a voluntarios del público y arrastró quince metros el camión de Vidal y Camacho.
Para terminar, salieron por la puerta del toril con las motos Vitorio, El Reforzao y Antonio, El Chaqueta. Ya que estaban, se lucieron haciendo algunos títeres: caballitos, derrapadas y conducción al revés, todos muy celebrados por el respetable. Y llegó el momento. En el centro del ruedo se colocó Linda Baker y a cada lado los motoristas. Los ataron, se acomodó la mujer forzuda, metieron la primera, aceleraron varias veces con el embrague apretado, el encargado levantó los brazos para dar la señal, silencio en los tendidos...  
Y Antonio, El Chaqueta, que se pone nervioso con la tensión del momento y antes de que el encargado empiece a bajar los brazos suelta el embrague y acelera a tope. El brazo de la mujer forzuda recibe el latigazo, el hombro sale de su sitio, la pobre se queja con voces lastimeras, entre el revuelo entra la DKW y la lleva a la Clínica Marazuela para que la atiendan.