El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


El tuit

18/11/2020

He ido pasando, a lo largo del tiempo, por diversas redes sociales. Mi primer contacto con las mismas fue Facebook, y hubo momentos en los que era la principal vía de comunicación con amigos y conocidos desde la distancia, compartiendo buenos momentos y las galerías fotográficas que en mis viajes suelo realizar. Pero llegó un momento en el que me cansé de la sobreexposición y, aunque dediqué buenos ratos a Instagram, hoy apenas subo fotos, aunque es una buena forma de seguir en contacto con gente a la que aprecio, mostrándoles gastronomía y paisajes, sin entrar en la loca y agobiante carrera por acaparar seguidores.
Sin embargo, Twitter es otra cosa. Desde el primer momento me ha permitido expresar pensamientos, reflexiones, greguerías, fijar alguna idea fugaz que me parece interesante y que lanzo al vuelo para que pueda servir de inspiración o reflexión. También es el modo de congelar una imagen, una instantánea que se cruza ante mis ojos. Es un espacio común para compartir inquietudes, ideas, mostrar críticas políticas o sociales que apenas tendrían eco en otros medios. Invariablemente he huido de la polémica, de la confrontación. Creo que el debate sereno ha de hacerse siempre cara a cara, mirando a los ojos de la otra persona, dejando que fluyan los razonamientos. Es cierto, y lo he denunciado en otras ocasiones desde este torreón, que muchas veces es una sentida donde se arroja lo peor de cada uno, amparados en un anonimato que facilita decir lo que no se atrevería uno a expresar en público, o a lo sumo, lo que no pasaría de una conversación de taberna. Un discurso de rencor o de crispación que trato de eludir, buscando el debate respetuoso.
Es por ello por lo que me ha hecho pensar algo que me ocurrió el sábado. Retuiteé, haciendo una pequeña alabanza, el ‘tuit’ de un pensador en el que éste reflexionaba sobre el concepto de patriotismo, basándolo en la riqueza del idioma castellano y los lazos de una historia vivida conjuntamente, una ‘república de las Letras’ convertida en terreno común para gentes de izquierda o de derecha. Por uno de esos azares del destino, mi trino fue retuiteado, con un comentario despectivo, por un escritor algo conocido, devenido un tiempo político, defensor de uno de esos nacionalismos periféricos que reproducen lo que tanto critican. Le respondí, desde la ironía, pensando que se cerraba ahí la cuestión. Pero pronto vi como aparecieron numerosos comentarios de otros tuiteros, llenos de violencia, odio, insultos. Tras ver el perfil de sus autores, todos anónimos, les fui bloqueando y, poco a poco, la calma regresó.
Hubo un tiempo en el que las lenguas eran un instrumento de comunicación y de creación artística. Hoy, me temo, hay gente con más odio a la lengua y cultura ajena que amor a la propia. Esa es la triste y dolorosa realidad de España. Soy pesimista. ‘Memento’ Yugoslavia.