Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Noches de mayo

Algunas noches de madrugada me despierta el derrumbe de mis libros. Es tarde, o muy pronto, y sueño con un hotel en un país que no recuerdo, un bloque de pisos que da una calle con gente paseando, viviendas pequeñas, sucias... un sueño que vuelve y vuelve... Entonces me despierta el derrumbe de los libros, una de las pilas que llenan mi casa, y que caen con un ruido sordo, como una llamada. Entonces callan el búho real, y el ruiseñor. Y los grillos, sólo por un segundo. Me despierto. Escucho.

Escucho el rumor. Debajo de mi cama reptan insectos enormes, cienpiés y escolopendras, escorpiones y hormigas negras, regueros negros, ríos de élitros y patas en la noche. Escucho la dehesa, por la ventana entra toda la espesura de la noche. El olor suave a retama blanca, el espeso a enebro, el dulce de la albahaca. Todo está en su sitio, todo vibra. A veces, por la ventana abierta de par en par a la noche de mayo, entran culebras enormes, verdes y lentas, reptando entre la fauna de insectos. Se me quedan observando, en su mirada fría se condensa el brillo de las estrellas blancas y azules, y luego continúan su camino, sin pedir permiso ni perdón.

Luego, cuando entiendo que estoy despierto, que todo es verdad, cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad, me levanto y sigo el rastro del reguero de hormigas, mantis y escarabajos peloteros  perfectos como la noche. Cruzan murciélagos, y vencejos negros, imposibles en su vuelo de alturas y distancias. Pero están aquí, navegando sobre mi cabeza, acariciando mi pelo con sus alas de terciopelo. Abajo los libros, Han caído los de poesía, la colección Melibea, y las hormigas transportan la Almendra de preguntas, de Ángel Sánchez Pascual. Las dejo, mientras entran en la cocina, salen por la ventana y se pierden en su territorio de hormigueros y profundidades como un río de patas y antenas.

Recojo un libro. Bolaño. Abierto por esa página donde una mujer se observa en el espejo el hotel, en aquella ciudad fronteriza. Me lo llevo. Dejo los demás, cruzados por nieblas y mariposas de la noche. Los murciélagos y vencejos se detienen por un segundo, suspendidos en la madrugada, en la luz de luna, en un espacio espeso e imposible. Me meto en la cama y leo, mientras las escolopendras trepan por la cama, las arañas despiertan y tejen telas espesas como nieblas de diciembre. Quizá en un rato amanezca. O no. Quizá calle el ruiseñor y llegue la oropéndola. Quizá no llegue nunca. Porque hay noches en las que los libros caen de los radiadores, de los estanterías atestadas, y los escorpiones recorren las hojas amarillas, los poemas brillantes y tristes. Son noches de mayo, inmensas y plenas en los desiertos de Sonora, relente de madrugada, viento leve de alas y sueños.