En el Camino

Enrique Sánchez Lubián


Bandereando

29/10/2020

Siguiendo acciones ya realizadas en ciudades como Madrid, Sevilla, Valencia o Murcia, la Asociación Nacional de Víctimas y Afectados por el Coronavirus (ANVAC), entidad próxima a Vox, quiso sembrar con miles de banderitas españolas el Paseo de Recaredo de Toledo. Al carecer de autorización administrativa para ello, la Policía Local les obligó a recoger el montaje, desbaratando semejante performance cañí. En pocas horas, las redes sociales echaban chispas, cargando contra la alcaldesa y el gobierno municipal por su ‘antipatriotismo’ e ‘insensibilidad’ hacia quienes padecen los estragos de la Covid-19 y cuantos quieren homenajearlos. Y así, a su amparo, otra vez más, la enseña nacional y la pandemia volvieron a ser utilizadas por quienes, bandereando, créense ungidos para usarlas cual ariete partidista contra el rival político, dando rienda suelta a cuanto exabrupto pueda imaginarse.
Uno de los flecos que la Transición dejó sin resolver fue desarrollar un escenario favorable para mejorar la relación de todos los españoles con nuestra bandera e himno. Pese a que ambos tienen su origen en el siglo XVIII, habiendo transcurrido ya mucho tiempo para que fueran opacos ideológicamente y nadie debiera sentirse incómodo ni excluido bajo su amparo, hechos como el relatado evidencian la fatiga generada cuando determinados sectores polarizan y patrimonializan los símbolos nacionales, usándolos como signo, cuando no como arma arrojadiza, de sus facciones contra otras.
En toda nación, bandera e himno deben ser elemento de cohesión más que reactivo para precipitar divisiones y conflictos. Ayudan a reforzar el ‘nosotros’, movilizan a la sociedad en la defensa de causas, retos o proyectos comunes, canalizando emociones y sentimientos colectivos en un amplio abanico de campos. Su fortaleza, además de la raigambre histórica acumulada en el tiempo, está definida por cuanta mayor capacidad tengan de conseguir que grupos dispares o antagónicos se sientan representados y acogidos por ellos. Los fanáticos que no dudan en manosearlos sin pudor, confundiendo patriotismo con patrioterismo, debieran sosegarse y despojarse de la altanería con que en ocasiones tratan a aquellos que no se prodigan en ruidosos fervores rojigualdos, como si tal actitud fuese falta de respeto, felonía o militancia en la ingrata ‘antiespaña’.