CATHEDRA LIBRE

Miguel Romero


¿Dónde está el límite?

26/10/2020

Leí una publicación de Xavicnoscar, en el blog de cine de Mayra Mega y Xavier Vidal, hace ya unos meses, un artículo que ahora mismo acaba de ponerse, desgraciadamente, de moda. En la obra Profesor Lanzhar, el escritor Philippe Falardeu proponía una cuestión tan necesaria como provocativa: la necesidad y la obligación de hablar de la muerte cuando esta nos ha afectado de algún modo, asumiendo que ese es un tema tabú que se evita o se calla a propósito con tal de esquivar los momentos incómodos. ¿Se puede educar desde la evasiva? o ¿cómo seguir creyendo en el sistema cuando algo ha roto el orden establecido? ¿cómo enseñar libertad cuando está coartada, condicionada, corrompida en su dialéctica? ¿cómo enseñar lengua o historia cuando extramuros de la institución educativa suceden guerras, atentados terroristas y cosas atroces?
Entonces, qué enseñar, cómo o cuándo. Nuestra sociedad actual está desgastada y sin un horizonte moral que avale los pasos de futuro esperanzador. ¿Qué pasa? Los gobiernos son incapaces de encontrar sentido a la vida y no desarrollan los condicionantes necesarios para poder evaluar con sentido común donde están los graves defectos, cómo evitar estos hechos, dónde vamos a llegar, quién y cómo ha de enjuiciar el destino injusto para quienes, lo único que hacen es educar, enseñar, hablar con libertad ante un aprendizaje digno y profundo.
Los poderes del Estado, de esos poderosos a los que nos le importa la vida del ser humano, los dineros para dominar el mundo en su escala económica a costa de muertes, exilios, guerras, pobreza, epidemias que generan esas multinacionales que dominan el mundo económico o esa globalización que ha dañado el desequilibrio, aún más de lo que estaba.
¿Dónde está el límite? Hablar de libertad, defender los derechos del ser humano, ayudar a una socialización con dignidad es pecado, o qué pasa cuando alguien que lo hace con la virtud de enseñar lo que sabe y cómo lo sabe, recibe el premio de la muerte sin sentido.
Este episodio hace temblar al mundo; pero es uno más de muchos otros, y seguro estoy, que otros vendrán mientras los poderes no consigan cambiar el sistema corrompido. Morir en una clase sobre libertad de expresión para alumnos de trece años en Confians-Sainte-Honorine, una localidad a treinta kilómetros de París, como consecuencia de que unos padres -radicales y cubiertos de la maldad del fundamentalismo- protestasen injustamente provocando que un «loco» de esos tantos que andan sueltos, acabase con su vida, es inconcebible en este siglo XXI.
El profesor fue asesinado porque enseñaba, porque explicaba a sus alumnos la libertad de expresión, la libertad de creer y la de no creer; simplemente por enseñar a crecer en inteligencia y madurez a esta juventud que debe ser la que marque los destinos esperanzadores de un nuevo cambio. Y es así, como queremos cambiar la sociedad, ¿dónde está la razón del ser humano?
Tristeza para todos, pero especialmente para quienes como yo, hemos dedicado toda una vida a enseñar con libertad, con objetivad y con razonamiento, la historia, la sociedad, la cultura, la grandeza y la pequeñez, pero siempre, siempre, con libertad... No podrán con nosotros, sin duda, pero las medidas deben ser otras, debe haber un cambio en los sistemas educativos, en los procedimientos, en los condicionantes y si no, volverá a haber otro hecho deleznable, otra de los muchos que ya van. D.E.P.