Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


El devenir del poder político

Sobre el poder, que no deja de ser algo abstracto y teórico, existen rigurosas definiciones académicas formuladas desde distintos enfoques y ámbitos de estudio. Aun así, todos entendemos que tener poder político no significa otra cosa que ser capaz de conseguir lo que pretendes y que eso va de la mano de la probabilidad cuantificada de que los demás acepten tu voluntad y se pongan manos a la obra para alcanzarla.
Grandes pensadores políticos han plasmado en sus escritos ideas sobre el poder a lo largo de la historia. Casi todos aspiran a su aplicación práctica. Son el producto de un proceso intelectual que se pone en marcha para inventar mecanismos o instrumentos políticos que sirvan para mejorar la convivencia entre los hombres y evitar el uso irracional de la violencia.
Así, por ejemplo, surge la idea del poder absoluto del monarca para lograr la paz al final de la Edad Media, siendo dos de sus principales teóricos Bodino y Hobbes. Entonces comienzan a surgir los Estados soberanos que terminan con la relativa unidad moral y política de la Cristiandad donde se reconocían, por encima de reinos y señoríos, dos poderes, Pontificado e Imperio, disputándose la hegemonía. 
Durante la Ilustración, Locke, que vivió durante la Revolución inglesa el proceso y la ejecución de un soberano por su oposición al Parlamento, plantea cómo justificar los límites del poder real, considerando la monarquía parlamentaria. También como ilustrado Montesquieu razona sobre la conveniencia de no acumular los distintos poderes en la misma persona para lograr un Estado moderado. La desigualdad y el conflicto permanente entre los principados alemanes inspiraron a Kant «La paz perpetua» donde trata de establecer las bases para una concordia entre las naciones, respetando su independencia por débiles que sean. Advierte que no hay que confundir democracia con una república cuyos poderes son independientes y sirven de freno y control. La democracia para Kant es la tiranía de la mayoría. Un sistema «donde todos deciden sobre uno y a veces contra uno».
También es fruto del contexto la defensa del gobierno republicano que desde «El Federalista» promueve Madison, con una visión realista de la política y del ser humano, para que la nueva constitución estadounidense permita mantener la paz en la Unión. Un marco institucional con obstáculos procedimentales al poder de la mayoría que prime la extensión territorial y la representación política sometida al escrutinio del pueblo, evitando el temor a la facción mayoritaria que propiciaba la democracia directa de pasado. 
Ahora asistimos al desprestigio del sistema de representación política debido, en parte, a que los ciudadanos hacen caer sobre la clase gobernante la responsabilidad de cualquier crisis. Se debate sobre la participación ciudadana y la democracia directa como ingredientes necesarios para cualquier innovación social. No discuto que algunos planteamientos acabaran en los anaqueles del pensamiento pero, hasta ahora, las alternativas no ofrecen contenidos positivos precisos para una  acción política a la que nada se puede reclamar y, por el momento, irresponsable.