La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Reflejo

07/07/2020

CEl hombre se frena en seco al pasar por delante, como en las películas navideñas en las que el crío menesteroso se hipnotiza ante un escaparate con bicicleta y pasan las cuatro estaciones con sus soles, lluvias, vientos y nieves en veinte segundos de metraje. Está en la balda de arriba, tras la reja y el cristal de una ventana. La locomotora es de color verde. Las ruedas son rojas. Tiene tres vagones enganchados. El primero plateado y el segundo de tablones de madera, ambos descubiertos para que puedan respirar la jirafa y el elefante africano, animales salvajes con destino a un zoo o animales que una vez fueron salvajes y ahora son estrellas de circo. El tercer vagón es de pasajeros, quizá ocupado por domadores, trapecistas y payasos con la risa dibujada para ahorrarse la de verdad. En la balda de abajo hay otro tren, más feo, de un solo vagón, sobre un tramo de vía reluciente.
Los trenes de juguete tienen una atracción extraña sobre los hombres. En éstos se adivinan las primeras películas del vaquero John Wayne vistas desde el gallinero de un cine y están las bestias más extrañas del mundo atrapadas a lazo en la sabana por el John Wayne cazador. Son un reclamo, un canto de sirena, el pedazo de queso en la trampa de ratones. Y el hombre cae como caería todo adulto que no haya digerido por completo al niño que un día se tragó. Cruza gente por la calle, pero nadie parece ver lo que él ve. Dos trenes y animales y sábados de televisor y bolsas de pipas saladas y un refresco de polvos naranjas disueltos en agua, y de fondo, la llamada de madre a cenar y el olor a forro nuevo de los libros escolares. En las esquinas, al hacerse pantalla con las manos, descubre más cosas. Unos binoculares de latón, un quinqué, un leopardo de metal colado, y el ciervo en actitud de berrea que recuerda haber tenido sobre la mesa camilla, junto al cubilete de los palillos de dientes y el cenicero, hasta que desapareció en una limpieza de verano.
No sabe de quién es la casa, a más de cien kilómetros y cuarenta años de distancia de aquella que fue la suya. Parece que alguien ha recogido los pedazos de aquella vida que ya quedó muy atrás y los ha ordenado con pulcritud en dos estantes de madera tras una reja y un cristal. Tampoco sabe cuánto tiempo lleva mirando. El suficiente para dudar de si contempla su reflejo desde fuera o si en realidad siempre ha estado dentro, preguntándose si sus tesoros de infancia estarán a salvo de ese viejo extrañamente familiar que tiene la nariz pegada a la ventana.