PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


El Trifón

27/06/2020

Para mi novela Cabeza de Vaca me hacía falta un Trifón. Le hacía falta a la narración y, además, me hacía falta a mí. A toda costa quería, es tradición, que un personaje de la tierra asomara por ella y no había manera, aunque luego acabaron por aparecer dos, y vaya dos. Ni más ni menos que el malo don Nuño Beltrán de Guzmán, un bicho de cuidado, que eso también, fundó Guadalajara de México, que ya saben anda por los siete millones de almas ahora, y uno mucho mejor persona que él, Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España, hijo que fue de nuestro Gran Tendilla, quien le cortó las alas y lo metió en prisión.
Pero esos estaban al final y era grandes y encopetados personajes  y yo quería un tipo de los de a pie. Pero tenía que ser todo un lobo mar. Algo que lo que se dice abundar no es que abunde por nuestros secarrales. Así que me puse a bucear  por las tripulaciones, desde los que embarcaron con Colón hasta los  que iban con Pánfilo de Narváez y Cabeza de Vaca . Y en una ¡zas! había uno de Atienza.  Y me dije ya está, de Atienza va a ser. Todo lo demás, confirmo, me lo inventé. El nombre, Trifón, que siempre me ha gustado, lo saqué de casa. Un bisabuelo se llamaba así.
Lo hice hijo de arriero, huérfano de madre, con padre bastante zascandil que lo dejó al albur de Dios y con más pescozones que amparo al lado de un pariente mientras él rumbeaba por otros lados. El chaval no tuvo otra que ver cómo matar el hambre por otro lado antes de que éste lo matara a él y acabó de grumete en una de los barcos en la segunda expedición del Almirante.
Trifón me ha venido de perlas. Hemos congeniado muy bien y me ha servido para contar lo que quería y hasta para callarme lo que me quería guardar y tener escondido un rato. Convertido en viejo marinero lleno de saberes, buenos y peores, es la sombra, guía y sostén de Alvar y, de paso, del novelista también. Por eso y con estas líneas se lo quiero  agradecer y que me disculpe si le he descubierto algunas de sus trapacerías que bien sabemos que eran puro y neto intento de sobrevivir. Confieso que yo conozco en la realidad a bastantes Trifón y que son tipos a los que quiero, que me gustan, que echo con ellos el trago más a gusto que con nadie y que son de la gentes machadianas que hace mejor y más amable la tierra.   El primer día que asome por allí seguro que antes de llegar a la Plaza del Trigo ya me he encontrado a dos.
Así que quería presentárselo antes que a nadie al paisanaje al que ya debo dar las gracias como al resto de los lectores, porque lo de Cabeza de Vaca está siendo algo avasallador. Salió a las librerías el 18 de junio, jueves. El lunes por la mañana me llamaron de la editorial para decirme que habían tenido que poner en marcha y de urgencia una segunda edición. Vamos, que Alvar y Trifón van como un tiro de arcabuz y no seré yo quien se vaya a quejar como podrán comprender. Vamos, que aún me tengo que pellizcar.
Como les dije al inicio salen de la tierra dos más. El bueno fue el primer y extraordinario virrey, de la Nueva España es Antonio de Mendoza, hijo del marqués de Tendilla, conquistador y primer alcaide de Granada y gobernador general de aquella tierra y a quien la Alhambra le debe su salvación. En aquellos palacios se crió Antonio y desarrolló su carácter sensato, tolerante, compresivo con otras culturas, prudente y firme. Que le vendría muy bien para encauzar la presencia española en México. Templar con el gran y poderoso Hernán Cortés y poner en su sitio a don Nuño Beltrán de Guzmán, que dadas sus tropelías, no podía ser otro que la cárcel. Cabeza de Vaca había tenido la desdicha  de topar con su gente y se llevó, después de nueve años de intentar reencontrarse con cristianos, la más terrible decepción. Lo que querían, violando con trampas las leyes de la corona y el mandato primero de la reina Isabel, era esclavizar a cuanto indio se les ponía al alcance, utilizando como excusa para marcarlos con el hierro el que estaban alzados. Alvar lo dejó escrito, al igual que habían hecho Bartolomé de las Casas, y Bernal Díaz del Castillo y el Virrey, aunque el otro apeló al paisanaje, caló de inmediato su condición. En cuanto asomó por la capital mexicana le pusieron grilletes, juzgado y condenado, acabo sus días encerrado en Torrejón de Velasco. Tiene una calle pequeñita, más bien un callejón, en Guadalajara. Es historia, ya se le juzgó entonces, déjese estar, pues historia es y no vengan los yihadistas progres a intentar como los talibanes, borrarla.



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