NUEVO SURCO

Javier López


En la fiesta de los peluches

El 10N llama ya a nuestra puerta con la insistencia contradictoria de unos políticos que luego no saben cómo gestionar nuestros votos. O mucho cambian las cosas, o seguiremos en las mismas el día once,  o incluso peor. Todo a apunta a que la idea de Pedro Sánchez de juguetear con una repetición de elecciones para acrecentar su bancada no le va a salir demasiado bien. Todo apunta en esa dirección menos la encuesta del CIS de José Félix Tezanos, empeñado en crear ambiente propicio para la traca final. Lo suyo es como un tirar confeti con el convencimiento de  que así se acabaran animando hasta los más rancios del lugar. No contribuyó demasiado el debate a variar la tendencia. Lo más positivo, una cierta sensación en la primera parte de que los tres partidos centrales, PSOE-PP-Cs, podrían llegar a algún lugar común para resolver el asunto  catalán. Por lo demás, Sánchez no quiso mirar a sus contrincantes. No les miró a los ojos ni una vez,  un mal gesto que delataba una mala actitud.
Albert Rivera cambió a su perrito Lucas por un  adoquín de Barcelona. Quizá mejor, porque el pobre Lucas parecía algo cansado el día anterior. El problema es que Lucas no es un peluche, y Rivera le trata como si lo fuera. Así todo en España. Quizá de la misma manera en que concibe al electorado, que finalmente es materia viva, y no solamente vaivén demoscópico, como alguna vez quizá han pensado en los laboratorios naranjas que han venido actuando como el dispensario de los nuevos ricos de la nueva política, hasta que la metedura de pata ha sido de tales dimensiones que toda la tierra se remueve ahora bajo sus pies.
Todo lo vimos perfectamente este lunes en el gran debate, aunque este tipo de eventos deciden bastante poco salvo errores garrafales de los protagonistas. La “generación Z” volverá a votar este domingo según la vibración de su móvil esa misma mañana, y hay estudios que sitúan a Vox como el partido preferido para los votantes primerizos. Les resulta chulo el mensaje y les atrae Abascal, aunque no se paran mucho a pensar cómo va a gestionar este partido la precariedad creciente que será a la postre la gran mochila con la que tengan que cargar los chicos y chicos de la Z, a los que de momento les mola las apelaciones a la épica de las  banderas kilométricas. Abascal salió ganando en gran parte porque nadie le quiso dar la réplica y perfiló un discurso más definido, con pretensiones de ser algo más que la capillita derecha del PP. No lo tiene fácil el vasco, porque finalmente Vox es también Espinosa de los Monteros, y lo que representa, mucho menos dado a las retóricas obreristas.
A Vox le ha venido como agua de mayo la gran crisis catalana, y al PP el dernortamiento total de Albert Rivera, que en abril tuvo la oportunidad de formar un gobierno solidísimo poniendo, eso sí, estrictas condiciones a un Sánchez que las tendría que haber aceptado, pero prefirió dar la batalla a Pablo Casado por el predominio del centro-derecha. Le ha salido mal y parece que ni el perrito Lucas ni el adoquín de Barcelona van a poder remediar la debacle. Lo cierto es que a Casado también le ha ayudado, y mucho, su cambio de tono. Ha pasado en un abrir y cerrar de ojos de apuntarse con furor al aznarismo, haciendo un poco de menos a Mariano Rajoy, a mostrarse ante el público como un marianista convencido y entusiasta, y el bueno de Mariano ya se ha dado más de un paseo de campaña, como el pasado domingo en Toledo donde llevo en comandita a lo más granado del PP castellano-manchego sonriente y sin dejar ver ni un sola de las fisuras que se comentan, como si hacer el corrillo a Mariano tuviera tal poder balsámico. Regusto de otros tiempos. El PP es ahora marianista con el mismo convencimiento con el que hace cuatro  meses era aznarista. Las esencias aznarianas han quedado, de momento, en manos de Cayetana Álvarez de Toledo. Casado llegó a su minuto de esplendor cuando le preguntó a Sánchez si va a pactar con independentistas. El silencio del presidente en funciones es definitorio sobre el tipo de PSOE que podemos tener, y esto, claro, también termina inclinando muchas balanzas. El caso es que será eso, o un pacto del viejo bipartidismo.
Así se acerca el 10N  con todas sus incertidumbres y el cansancio generalizado de la ciudadanía con unos políticos donde sigue habiendo falta de mujeres que se postulen, como bien denunció Ana Blanco, y todo se sustancia en una pasarela de a ver quién es el más guapo y simpático del a clase. Como si el domingo un ejército de peluches fuera a llenar las urnas.