El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Visigodos

Una de las lamentaciones más extendidas entre los que nos dedicamos a la docencia es la constatación dolorosa de la gran ignorancia que de nuestro pasado tienen las nuevas generaciones –y, añado, no sólo las nuevas- Una sociedad  que ignora su pasado está incapacitada para comprender correctamente su presente y afrontar, de modo adecuado, los grandes retos que se presentan.
De ese pasado, ignorado en gran parte, existe una etapa que se ve sumida en un mayor desconocimiento, siendo, como es, un periodo clave para el desarrollo de España como comunidad y posteriormente, Estado-Nación. Me refiero al periodo visigodo. Quizá muchos, los más mayores, lo asocien, con terror, al aprendizaje memorístico de los nombres de sus reyes, algo nada baladí por la dificultad que encierra. Otros evocarán los concilios toledanos o que fue el momento previo a la llegada de los musulmanes el 711.
Y, sin embargo, el reino visigodo de Toledo es uno de los momentos más importantes de nuestra historia. La monarquía goda, sobre todo a partir de Leovigildo y de Recaredo, particularmente tras su conversión al catolicismo en el III Concilio de Toledo, organizó, por primera vez de modo independiente, toda la península como una entidad política definida. Un reino que, aún asumiendo el legado de Roma, con el que se quería entroncar, tenía su peculiaridad. Una monarquía que emuló a la gran potencia del momento, el Imperio Romano de Oriente, copiando su ceremonial palatino, reproduciendo en Toledo, en los terrenos de la Vega Baja, una pequeña Constantinopla, con su complejo palaciego en torno al circo, la basílica martirial de Santa Leocadia y la iglesia pretoriense de los Santos Pedro y Pablo. Un complejo extraordinario que merece la pena sea puesto en valor, excavado, transformado en un gran parque arqueológico con un centro de interpretación, jardines, paseos que permitan a los ciudadanos disfrutar de un conjunto único en Europa. Porque, mientras en el resto del antiguo Imperio de Occidente el fenómeno urbano languidecía decadente, los reyes godos, emulando a los emperadores, fundaron ciudades, como Recópolis, o levantaron ese magnífico conjunto palaciego, que auguro nos dará muchas sorpresas.
El esplendor de la España visigoda, conocido casi exclusivamente por la literatura, por las obras de los grandes obispos y padres de la Iglesia visigoda, como Leandro, Isidoro, Ildefonso, Eugenio o Julián, comienza ahora a aflorar en las excavaciones arqueológicas que nos van desvelando un esplendor sólo comparable en su época con el mundo bizantino. Los restos aparecidos en Arisgotas, la magnificencia que se nos está desvelando en Guarrazar, la sólida belleza de Melque y las sorpresas que nos pueda deparar la Vega Baja nos ayudarán a transformar la imagen que tenemos de ese fascinante periodo.
Nada puede ser querido si no es conocido. Es labor de las diversas instituciones divulgar el conocimiento de esta maravillosa etapa y recuperar el esplendor de su Historia. Porque somos lo que somos gracias a los visigodos.