EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


‘El Califa’

24/05/2020

A la vista del desprestigio de la clase política actual, me cuesta homologar como tal a una persona tan inteligente y honrada como Julio Anguita. Buscaría un género más cercano al de filósofo, como fue el emperador Marco Aurelio. Anguita poseía una excelencia humana que se manifestaba en una preocupación social que recogía en un programa de gobierno. Usando un juego verbal, Anguita sería no un dirigente, sino el dirigente, el guía, el adelantado, el dux, el príncipe, el maestro, para la épica comunista: el Gran Timonel y para nosotros: El Califa.
Como la virtud es una gran fuerza ejemplar, Julio Anguita ha sido reconocido y aceptado incluso por sus oponentes en política porque aunaba la firmeza de sus ideas con el respeto a sus rivales a los que nunca consideraba enemigos. Su altura de miras le llevaba a juzgar y censurar el comportamiento que fuera negativo en su partido, rompiendo el tabú que impide a la izquierda cuestionarse a sí misma. Comunista convicto, era capaz de hacer un diagnóstico de ese «progresismo» que se deleita en una crítica de lo accesorio mientras que deja intacta una realidad económica injusta. Con su sensatez de largo alcance, luchaba por la utopía como una anticipación del futuro, frente a la quimera como señuelo irrealizable de otros ideólogos paralelos.
Anguita no era un político, tal y como definió Maquiavelo en el XVI a esa ciencia empírica que está al margen de los criterios morales. Anguita buscaba «el buen gobierno» y no «el gobierno efectivo» cuya principal finalidad es alcanzar el poder por cualquier medio y mantenerlo a cualquier precio. Así, el mando ejercido por el gobernante sobre el súbdito es una relación de poder que recuerda, sublimada, la que existe sobre el enemigo derrotado.
El príncipe, una vez alcanzado el poder no admitirá crítica alguna, pues no necesita justificar los medios una vez que se han logrado los fines.  El engaño y el egoísmo son, para él, las constantes políticas de su mandato y tienen una inquietante actualidad entre nosotros. La causa por la que estos hombres sacrifican la comodidad y la intimidad para gobernar a los demás es la voluntad de poder, una fuerza biológica o psicológica que les impulsa a mandar.
Según lo antedicho, Anguita no era un político como fueron políticos el González del GAL, el Rubalcaba del Faisán, y el Rodríguez de la Champions League. Por esta integridad fue respetado por la derecha conservadora como un gran hombre equivocado y fue querido por muchas gentes, y él lo comentaba con gracia: «Me mitificaron, tal vez he sido el político que más he estado en las hornacinas pero menos en las urnas» ¿Cómo no admirarse de su altura moral cuando fue capaz de decir en la asamblea de IU en 2015: «Hay que medir a los políticos por lo que hacen, no por lo que dicen. Si hay un hombre decente, y los otros son unos embusteros y unos ladrones, votad al hombre decente, aunque sea de extrema derecha».
Este modelo de ejemplaridad humana era algo más que un político y, para el pueblo español, seguirá siendo nada menos que El Califa.