EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Una chica original

En un libro mío de poemas -escrito en años de juventud y contra lo establecido- que se llama ‘Perversa varia’, aparece uno con el título ‘Canción de amor a una muchacha fea’ en el que fijo mi atención en aquella joven a la que las convenciones sociales la catalogan como fea y condenan a estar «remansada en su propio / aroma intraducible».
 Porque «¿quién mide la ventura / de tu nariz? ¿Y quién / podrá juzgar con su pericia tosca / la conveniencia de tus pómulos / Qué tratante de usuras / se atreve a ponderar tu pecho con sus números?». El poema termina con un elogio y aceptación de la armonía de sus particulares formas y medidas: «Este campo de abril, desigual y pujante / entiende tu hermosura / Vive en paz con tu exacto / dibujo original / que yo celebraré sin requisitos».
 No sé si los colectivos femeninos, como todos los grupos que a causa de haber pasado siglos viéndose en los ojos de los demás han contraído una extrema susceptibilidad, me acusarán de un delito de opinión crítica en público no consentida, figura penal que existe, ya que un hombre puede ser denunciado por dirigir un piropo a una mujer.
 El canon de la belleza femenina responde al producto de consumo según el punto de vista masculino. Esta belleza de las revistas ilustradas es un arquetipo cifrado en números y líneas que resulta inhumano. Tal perfección física, debida a los tratamientos y la cirugía, llega a ser como una clonación, o una producción de hermosos maniquíes. Es interesante leer a la luchadora social Virginie Despentes que se presenta como «proletaria de la feminidad» y habla en nombre de las excluidas del mercado de «las tías buenas». Por el otro extremo, tampoco hay que dar crédito a Proust cuando sentencia: «dejemos a las mujeres bellas para los hombres sin imaginación» pues la belleza, en general y aparte de estos modos y categorías, siempre es una excelencia.
 Hay un oxímoron o imperfección amable que da personalidad a la belleza. Está en las medidas corporales propias y no siempre canónicas, y otras no mensurables como el gesto, la sonrisa, el aroma, la piel, el paso, la elasticidad, que cuando consiguen un concierto armonioso de todas ellas, forman lo que constituye ‘la gracia’ de esa mujer. El concepto de muchacha ‘mona’ puede responder al anterior enunciado y que Camilo José Cela descubre en Del Miño al Bidasoa a su paso por Santander: «Las chicas monas no precisan ser guapas, les basta con el aire, como a los valses».
 Después de hablar sobre los valores físicos de la mujer, y sin despreciarlos ni desatenderlos, hay que tener en cuenta los espirituales. Si empecé con un poema sobre los primeros, voy a terminar con otro de Gabriel García Márquez sobre los segundos, en que nos dice: «Si te atrae una mujer / por la talla de su pecho / por su cintura o por sus caderas / te estás equivocando». Por el contrario: «Una mujer es su inteligencia, su rebeldía / su entrega, su generosidad, su capacidad / de hacer varias cosas simultáneamente, sus manías / Su humor sus ocurrencias, su valentía, su forma de pensar…».
 Volviendo a donde empecé, confieso que a las mujeres a las que el mercado tacha de feúchas, yo las encuentro naturalmente originales. Y me encantan.