Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Las nueve menos cuarto

04/09/2020

Jueves por la tarde, ocho menos cuarto. Hora de escribir la columna de La Tribuna. Es una costumbre, me alegro de recuperarla. Pronto el sol caerá sobre la atalaya de Gamonal. Hoy, 3 de septiembre, estará ya a punto de rebasarla hacia el oeste. Todo es subjetivo, observo desde la terraza de mi piso desde donde controlo 270 grados sexagesimales. El mundo es la mirada, lo que seas capaz de aprehender. Y lo que seas capaz de intuir. Para mí la otoñada comienza cuando el sol se mete en el berrocal al oeste de la atalaya. La primavera cuando la cruza en sentido inverso allá para abril. Tarde magnífica. Levanto la mirada mientras tecleo y observo la silueta perfecta y de terciopelo de la sierra de la Higuera, las sombras penetrando en los castros vetones de la de San Vicente. Al fondo, la peña de Cenicientos, faro de un territorio limpio y abierto.
Esta mañana se ha derrumbado la estantería que tengo en mi despacho a mis espaldas. Ha colapsado, como lo hizo en su día la iglesia redonda aquí abajo. Con un estruendo sordo de madrugada, que tan sólo silencia a los grillos por unos segundos. La estantería ha esperado a que me sentase a trabajar, y se ha dejado vencer con un quejido leve. Por mi cabeza han volado libros, apuntes del curso pasado, dibujos, fotografías, declaraciones de IVA, cuadernos de apuntar cosas, números antiguos de La Tribuna de Talavera –“Fomento mantiene la llegada del AVE en 2010”, 8 de julio de 2005–, y la maqueta de la casa Gugalun de Zumthor. Demasiado peso. Demasiados libros. Demasiadas cosas. Arderá bien la estantería este noviembre, junto con las ramas de eucalipto que arrancaron los temporales de invierno. Coloco los libros, en el perfecto caos en que han caído, apilados como columnas que vuelven a amenazar derrumbe. Quizá esta madrugada, cuando abra las ventanas de par en par, con el viento de la noche vuelvan a caer. No importa. Es el tiempo del desorden.
Habrá mucho de lo que escribir este otoño, este invierno. Tiempos de navegación, de brújula y mapas antiguos, de papel, con los pliegues rotos de tanto abrir y cerrar. Mapas donde las cosas aún se nombran con su nombre. Mapas para burlar las nieblas de este tiempo. Mapas para romper los espacios donde nos quieren encajar. Hay que romper, salir, escuchar. Observar. Sentarse en las plazas vacías. Y escribir. Sentarse al pie de las ermitas más perdidas. Y escuchar. Leer la luz de los amaneceres. Pero sobre todo de los atardeceres. Lo importante va quedando ahí.
Voy a poner el teleobjetivo en la cámara y prepararla para hacer una fotografía del sol sobre la atalaya. Quizá pasen garzas, siluetas como esgrafiados desleídos en fachadas ya perdidas para siempre. Nueve menos cuarto, hora de enviar la columna a La Tribuna.