La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Listado

La Administración notifica, informa, resuelve, declara. Los textos escritos en lenguaje administrativo rara vez tienen alguna carga emocional. Su redacción es intencionadamente anodina, fría, desprovista de literatura sobrante. El BOE no es una lectura recomendable para despertar pasiones. El viernes pasado se publicó uno de esos textos cincelados en hielo, un listado de los fallecidos en los campos de concentración de Mauthausen y Gusen. 153 páginas y 4.427 renglones con nombres, apellidos, lugares y fechas de nacimiento y defunción. Puede que esto no le diga nada. Supongo que para hallar la emoción en un listado tan denso como aséptico hace falta fijarse en algún detalle concreto. Darse cuenta de que con ese listado se certifica oficialmente la muerte de miles de personas asesinadas hace más de setenta y cinco años. ¿Dónde han estado hasta ahora esos no muertos? En un extraño limbo, no eran más que desaparecidos, seres intangibles que recuerdan a aquellas historias lúgubres de marineros ahogados en alta mar y cuyos cuerpos nunca fueron recuperados. Como ellos, de aquellos hombres sólo nos quedan los nombres.

Hay muchas ocasiones en las que me gustaría ser creyente. Todo es más fácil si se tiene algún tipo de fe. Puedes creer en las almas inmortales, en un paraíso, en una vida futura, en la justicia divina. Por desgracia, los que carecemos de fe no tenemos ese consuelo. Sólo vemos agravio, olvido y desdén, y sólo tenemos esta vida para intentar corregirlos. Tampoco creemos que los espíritus de los muertos aguarden o aplaudan actos de reparación. No resulta fácil explicar lo que algunos podemos ver en las celdas de un listado. No es sencillo transmitir las sensaciones que se tienen al encontrar tu primer apellido en una de esas celdas y el nombre de tu pueblo en otras tres. Dentro de las cuadrículas yo veo brillar la historia de mi abuelo paterno, y la de aquellos que le acompañaron por campos de batalla y de concentración hasta la muerte; veo a aquel que fue cazador, al otro que hacía cacharros de cerámica, y a los descendientes que fueron conmigo a la escuela. Y veo algo suyo en mi cara cuando me miro al espejo, y en los rostros de mis hermanos, y en los de mis hijos. Y no me cuesta calibrar la magnitud de la importancia de ese listado al multiplicar mis sensaciones por 4.427.

Puede que llegue muy tarde para honrar a los muertos; muy tarde para servir de bálsamo a los supervivientes; demasiado tarde para compensar a las viudas y a los huérfanos, pero a tiempo para que los nietos nos sintamos mejor. A tiempo para que muchos descubran de una vez por todas qué fue del abuelo desaparecido al final de la guerra.